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NOCHE BUENA Y NAVIDAD
Sabado 28 Dic 2019 | 12:19 pm
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EL UNICO REMEDIO


En su último libro el Cardenal Robert Sarah, dice que “Occidente está viviendo lo que los padres del desierto denominaban “el demonio del mediodía”, que se presenta cuando el calor es más agobiante. Su nombre es acedia.
Es una forma de depresión, un enfriamiento, una laxitud espiritual, una especie de atrofia de la vitalidad interior, de desaliento, de “atonía del alma”, una tristeza que invade el alma ante lo que debería ser su mayor felicidad: la relación de amistad con Dios.
El alma pierde la alegría de conocer y amar a Dios: ambas cosas le aburren, le desagradan, le pesan. Engendra el desagrado hacia todo lo que pueda acercarla a Dios. Es una aversión generalizada a todo lo que constituye la vida espiritual.
Ante la grandeza de la llamada de Dios a la santidad, el hombre occidental se repliega sobre sí mismo. Se niega a dejarse atraer.

Elige instalarse en la tristeza y rechaza la felicidad que Dios le ofrece. El fruto de esta actitud es inmediato: entre las almas y en la sociedad se difunde una densa amargura. Y ese profundo malestar deja huella en todas las relaciones sociales. Y es que cuando se rechaza la vida divina, ya no hay nada capaz de hacernos felices.
La depresión se ha adueñado del corazón del hombre occidental. Hemos preferido extinguir en nosotros la esperanza. Preferimos quedarnos a solas con nosotros mismos, aborreciendo nuestra propia grandeza. La acedia es una tristeza que no parece tener motivos concretos, porque la realidad es que no nos falta nada.
Y tiene tres consecuencias: el letargo (una parálisis espiritual), la acritud, y el refugio en el activismo. Hay que llenar ese vacío de algún modo haciendo mil cosas. Es lo que caracteriza a la sociedad occidental contemporánea.”

Ahora bien, “dice Santo Tomás de Aquino que el principal remedio contra la acedia no está en nosotros, sino en Dios: es la Encarnación, la venida de Dios en nuestra carne.
En este sentido, el momento en el que resulta más fácil luchar contra la acedia es la Navidad…

Cuando contemplamos el pesebre, al Niño Jesús que se hace tan cercano, nuestro corazón no puede permanecer en la indiferencia, en la tristeza o en el hastío.
Nuestro corazón se abre, se caldea. Los villancicos, las costumbres que rodean esta fiesta están impregnadas de la sencilla alegría de haber sido salvados.
Por eso la contemplación de la Encarnación es la fuente de cualquier remedio contra la acedia. Lo que debemos conservar por encima de todo es la alegría interior y sobrenatural de sabernos salvados y amados por Dios.

A Occidente le hace falta recuperar el sentido de la acción de gracias, el asombro propio de los niños. La incapacidad de asombrarse es la señal de una civilización que está muriendo.”
La Navidad es el remedio. La Navidad es curativa.

Si es la ausencia de Dios la causa de todos los males en el mundo, lo que toca no es sólo presuponer que igual Él sigue estando presente, sino que debemos cooperar para hacerlo presente de modo visible.
Tenemos que hacer presente la Navidad en el mundo.

Así fue desde el comienzo. La Iglesia primitiva presentó a Jesucristo, Dios hecho hombre, celebrando la Navidad en correspondencia a la fiesta pagana del sol invicto, la fecha en que comienzan a ser más largos los días en el hemisferio norte.
Jesús pasó a ser ese sol invicto que vence las tinieblas del mundo caído.
Los cristianos rezaban mirando hacia oriente, y las iglesias se comenzaron a construir orientadas. Jesús pasó a ocupar en los ábsides de las basílicas paleocristianas el lugar que ocupaban los emperadores paganos, y apareció como el Pantocrator, el creador y redentor del mundo entero.

La alegría sacra de la liturgia cristiana que celebraba a un Dios que había bajado visiblemente al mundo, suplantó los cultos idolátricos que no habían conseguido subir hasta el olimpo de sus dioses.
Era Dios que había descendido para que el hombre pudiera subir, que había asumido la naturaleza humana para que el hombre pudiese participar de la divina.
La fe en la vida eterna llenaba los corazones de una esperanza legítima. En Jesús, cielo y tierra se habían unido, y el puente apareció para poder pasar por él. Las costumbres y conducta moral de los pueblos se purificaban por la gracia que brotaba del Dios hecho hombre.

Las familias humanas encontraron en Belén el espejo donde mirarse.
Y la Iglesia de Cristo produjo una nueva especie de seres humanos: los santos. Y también los mártires, pero su sangre fue semilla de más santidad y de mayor propagación de la fe en el mundo.
En poco tiempo el imperio pagano se hizo cristiano y surgieron misioneros que llevaron a Cristo a los pueblos más lejanos…hasta llegar finalmente a estas tierras…y también aquí se comenzó a celebrar la Navidad.
Y aquí estamos esta noche, herederos de esta historia navideña, y otra vez la alegría verdadera vence la acedia que el mundo nos contagia, porque nos sabemos salvados y amados por Dios.



Todo esto es lo que nos toca hacer presente en la sociedad de este tiempo.
No hace falta inventar nada.
No se trata de diseñar un pesebre alternativo, ni de cambiar la Iglesia de arriba abajo para hacerla más aceptable a los criterios del mundo.
Siempre ha sido y será al revés: es el mundo el que está llamado a ir a Belén y contemplar el sitio en el que Dios se manifestó.
Aquel pesebre era más grande por dentro que por fuera, y más glorioso que cualquier palacio. Porque era el Dios creador del universo el que estaba en ese Niño recién nacido, y el universo entero lo reconoció al pararse allí la estrella misteriosa. En ese momento colapsó toda la astrología idolátrica de los pueblos paganos de todos los tiempos, incluido el amazónico.

Y no sería tampoco ya más la Madre tierra la protectora, sino la Virgen María, Madre de Jesús Redentor, que representaba a toda la humanidad redimida.

Y era ese pesebre que inauguraba la verdadera Casa común, la primera y sencilla Iglesia de Jesús, con María como Madre y José como Patrono universal de la Iglesia. Allí irrumpió el entero mundo invisible con los ángeles y arcángeles.
Y allí se acercó el mundo visible de los hombres: unos cuantos pastores del lugar que representaron a todo el pueblo de Israel, y unos misteriosos reyes astrónomos que siguieron la estrella y representaron a todos los pueblos paganos. Cielos y tierra, María y José, ángeles y hombres: todos adoraban al Niño.
Aquel pesebre era el centro del cosmos, que Dios había creado para ser adorado.
Y luego, los pastores hebreos difundieron la noticia y los reyes paganos también: todos volvieron cristianos.
Es lo que debemos hacer nosotros: adorar al Niño y de este modo anunciarlo al mundo.
Como aquellos primeros cristianos, como aquellos santos de todos los tiempos, como aquellas familias que llenaron pueblos, culturas, razas y lenguas, con el Nombre de Jesús, con la imagen maternal de la Virgen Maria, con la custodia serena y viril de San José, con la visión de ángeles y arcángeles que siguen cantando en el cielo y en la tierra como en la noche de Belén.

Son las familias católicas las que deben renovar la contemplación de la Sagrada Familia como modelo de vida, e invocarla en las oraciones comunes.
Hay que orar en familia.
La familia que reza unida permanece unida.
Es lo que hay que hacer esta noche y mañana en torno al pesebre familiar. Celebrar la Navidad es llevar a casa el único remedio contra la acedia del mundo, que también quiere entrar en los hogares.
Así como la Navidad es una obra de Dios, también la familia es el gran invento divino desde la creación del mundo, que Jesús no hace sino recrear de modo extraordinario al nacer de María y elegir a José, al consagrar con Su presencia el pesebre de Belén y la casa de Nazaret.
Nadie puede salvarse solo.
Dios nos ha creado para vivir en familia, y nos ha redimido en Cristo para salvarnos también en familia. La misma Iglesia no es sino la gran Familia de los hijos de Dios.
Los invito esta noche (este día) a renovar esa adoración al Niño al final de la Misa como todos los años, y a pensar también si no podríamos el año próximo dar un nuevo impulso a la espiritualidad familiar que brota de la Navidad, conformando o confirmando grupos de matrimonios y de jóvenes, que quieran asumir con mayor vigor el desafío de ser centros vivos de anti-acedia, anunciadores de esperanza y alegría cristiana.

No nos replegamos ante el avance ateo y anticristiano.
Herodes comenzó el ataque con aquellos Santos Inocentes de Belén, y sigue teniendo sucesores. Pero la Sagrada Familia, advertida por el Angel, pudo huir y salvar al Niño.

Siempre habrá persecuciones del mundo: no lo quiere a Dios aquí.
Pero las familias católicas, como siempre, serán el refugio y a la vez los centros de difusión.

Celebrar la Navidad seguirá siendo el único modo de convertir la noche tenebrosa que se avecina en la Noche Buena que ilumina.
Y los regalos en familia los hacemos para imitarlo a Él, que primero nos regaló este maravilloso mundo y las estrellas, y al final se regaló a Sí mismo, para darnos el cielo de donde vino.

El gran saludo cristiano debe resonar hasta el fin, siempre actual, siempre eficaz, siempre curativo, siempre alegre:

¡FELIZ NAVIDAD!