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INMACULADA CONCEPCION
Sabado 28 Dic 2019 | 12:04 pm
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Dos realidades para meditar nos trae todos los años esta Solemnidad de la Inmaculada Concepción.

En primer lugar, nos recuerda el drama del pecado original, cuyo relato hemos escuchado en la primera lectura, del libro del Génesis. Fue esa desobediencia del primer matrimonio humano, que tentado por el diablo, abusó de su libertad, y se prefirieron a sí mismos en lugar de Dios, contra Dios, pretendiendo vivir sin Dios.
De aquella ruptura han surgido en la historia, hasta hoy, todas las consecuencias dramáticas que conocemos por experiencia. Todo se separa: el hombre de Dios, y los hombres entre sí. El relato del Génesis nos dice que luego del pecado de Adán y Eva, el mal se trasmitió a los hijos: Caín mató a su hermano Abel. Una invasión de pecado inundó el mundo, injusticias, guerras y depravación. Hoy continúa ese rechazo al Creador y al orden natural creado por Él, incluso a la misma naturaleza, como lo señala claramente la ideología de género, entre otros males. Aquel primer pecado dividió también a cada persona humana en su propio ser: cuerpo y alma se separan y la muerte es el hecho final que lo demuestra.

Ignorar o negar que el hombre tiene esta naturaleza herida e inclinada al mal, y que dejada a sí misma termina en la muerte, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres en general. Pero la existencia del pecado original se ha olvidado aún entre cristianos.
Por supuesto, todos se preguntan de dónde vienen tantos males, y como se ignora o se olvida el origen tampoco se encuentra la solución.
Y es que, precisamente, el pecado original es ruptura con Dios, y por tanto, ya no se cuenta con Él para resolver el mal. Esta ausencia de Dios en mentes y corazones, ha penetrado la cultura y se ha instalado en las mismas leyes, en la justicia, y en los gobiernos del mundo.
De modo que el mal no sólo no se resuelve sino que aumenta exponencialmente. Y al prescindir de Dios, el mal ya no se considera pecado, y mucho menos que ha tenido y tiene un origen diabólico, como indica el texto del relato.
Se ha dejado de llamar a las cosas por su nombre.
Así se ha ido reemplazando la visión cristiana de la realidad por un humanismo sin Dios.

Escuchamos hablar de “nuevo humanismo” y de “fraternidad universal”, pero no puede haber hermanos sin un Padre. La Iglesia está en el mundo para hablar con el lenguaje revelado por Dios, no con el de las Naciones Unidas.

La segunda realidad que nos recuerda la fiesta de hoy, después del pecado original, es que este drama no tuvo la última palabra. La tuvo Dios.
El Creador se convirtió en Redentor.
En el mismo relato del Génesis, Dios le dice a la serpiente: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya.
Él te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón”. Está prometiendo un Salvador de la humanidad caída, y de una misteriosa mujer, que no es Eva, y de la cual desciende ese Salvador. Da a entender que la enemistad de ese Salvador con la serpiente diabólica la tendrá esa mujer. Ese Salvador prometido es Jesucristo y esa mujer de la cual desciende es María, a quien Dios mismo “pone” en “enemistad” con el diablo.

Por eso la Iglesia, desde los primeros siglos, ha llamado a la Virgen María la “nueva Eva”, porque aparece asociada a Cristo, el nuevo Adán, en la lucha contra el demonio. Y por eso se la representará pisando la cabeza de la serpiente.
Pero si esto es así, esa enemistad supone completa santidad, que excluye todo pecado, aún el original.




Eso es lo que la Iglesia celebró desde antiguo y definió finalmente en 1854: María fue concebida en el seno de su madre, Santa Ana, sin pecado original. Fue preservada de ese pecado con el que nace todo ser humano, porque iba a ser la Madre del Salvador. A este hecho singular lo llamamos Inmaculada Concepción, que ha venido a ser como un nombre propio de la Virgen María. Así lo dio a entender ella misma en la aparición de Lourdes cuatro años después, en 1858, cuando le dijo a Bernardita: “Yo soy la Inmaculada Concepción”.

Entonces decimos que María Inmaculada nos habla hoy de dos realidades: del pecado y a la vez de la redención del pecado.
De hecho, ella fue la primera creatura redimida, de modo anticipado, en el momento de ser concebida.
En el evangelio de hoy, el Angel Gabriel la llama llena de gracia, es decir “sin pecado alguno”, sin mancha, sin mácula: “Inmaculada”.

Y luego le anuncia que ella misma, concebida sin pecado, va a concebir a su vez al Hijo del Altísimo, que viene a redimir del pecado a los hombres.
Dios preparó en María una Madre absolutamente única para que pudiera nacer Jesús.

Por eso, es providencial que la Iglesia nos haga celebrar todos los años la Inmaculada Concepción de María, precisamente en este tiempo de Adviento, preparatorio a la Navidad.
Más aun, este año coincide el 8 de diciembre con el 2 domingo de Adviento.

Contemplamos primero el milagro de la Concepción de María, para contemplar después la Concepción de Jesús en María. Ella es la Mujer del Adviento, la que mejor preparó la Navidad.

Al mirar el pesebre, que pronto estará aquí y que tenemos que poner ya en nuestras casas, allí está ella, esperando que nazca Jesús, a quien lleva en su seno.

El Adviento es tiempo de espera, más aun, de esperanza. No cualquier esperanza humana, sino la esperanza cristiana, es decir, esperar a Cristo, esperar en Cristo.
De corazón, hoy más de modo especial, nos consagramos a María, a su Inmaculado Corazón, para que nos ayude a creer, esperar y amar a su Hijo Jesús sobre todas las cosas.

Ave María Purísima…
Sin pecado concebida