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CRISTO REY "EL TIEMPO APREMIA"
Domingo 1 Dic 2019 | 22:55 pm
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Con la Solemnidad de Cristo Rey termina el año litúrgico.
El domingo siguiente comienza el tiempo de Adviento, preparatorio de la Navidad.

¿Qué significa que Cristo es Rey del Universo? La historia de la salvación que está registrada en el Antiguo Testamento tiene uno de sus momentos decisivos en la persona del Rey David, que hoy, en la primera lectura, aparece ungido como Rey de Israel.
Había sido elegido por Dios mismo a través del profeta Samuel.
Aunque parecía ser un rey como el que tenían los demás pueblos, su misión tenía un carácter religioso: debía ser el Rey pastor que guiara al pueblo elegido según la Ley de Dios. Además, se le promete que de su descendencia saldrá el Mesías, es decir, el Rey definitivo.
Esta fue la esperanza de la cual vivió Israel durante 1000 años hasta la llegada de Jesucristo.

Y Jesús comenzó su predicación anunciando el “Reino de Dios”.
En toda su vida pública se aleja una y otra vez de cualquier resonancia política, porque estaba presente la idea de un Mesías caudillo que librara a Israel de los romanos.

Sus palabras y actos se dirigen a una realidad sobrenatural: “mi Reino no es de este mundo”, le contesta a Pilato durante el juicio previo a la Pasión, no vine a competir con el Cesar.
Había entrado triunfalmente a Jerusalén el domingo de Ramos y se deja aclamar como Rey, pero luego vino la Pasión. Los soldados se burlarán coronándole de espinas, y el letrero clavado en la cruz dirá “Jesús nazareno, Rey de los judíos”.

El evangelio de hoy nos recuerda la actitud de sorna de los asistentes: “Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!”. La gran paradoja es que sea uno de los dos ladrones crucificados con Él el que lo reconozca en su verdadera naturaleza: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”. El “buen ladrón” lo ha llamado la tradición cristiana, y está bien el apelativo.
Jesús, no lo contradice, sino que, en medio de sus sufrimientos, y como ratificando a qué ha venido, y Quién es realmente, le responde: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”.
Ese es el Reino definitivo: el Paraíso. Jesús lo abrió para nosotros al tercer día, al resucitar en el oculto sepulcro.
Se apareció a los apóstoles, y ante su vista ascendió al Trono celestial, a la diestra del Padre. Y desde allí vendrá con Gloria al fin de los tiempos.
Entonces el mundo entero lo verá en su Segunda Venida, como hemos meditado el domingo pasado.

Este real triunfo Real de Jesucristo ahora está oculto a los ojos del mundo, no a los ojos de la fe.
Lo que interesa son los reyes humanos de este mundo, aunque ya la mayoría no tengan ese título.
Lamentablemente, no son ya reyes cristianos. Por el contrario, lo políticamente correcto incluye principios y leyes anticristianas.

Van quedando pocos católicos que se fijan en estas cosas.
La esperanza de las mayorías está puesta en un mundo mejor, donde el paraíso del buen ladrón se sacó del mapa hace rato.
Pocos creen en la vida eterna, en el Reino Universal de Jesucristo. La aspiración es lograr el Reino Global en este mundo, aunque sus líderes están aterrados por la amenaza de algunas naciones que se oponen.
Como sea, esa aspiración de instalarse definitivamente en este mundo visible y pasajero, es vieja.
Era la de aquellos emperadores romanos de la época de Jesús, y la de muchos personajes de la era moderna.
Son los anticristos que se suceden a lo largo de la historia, hasta que llegue el último. Y el mundo celebrará el triunfo del Anticristo Rey.
Y la verdad es que los cristianos, desde el principio, se han sometido a los reyes de este mundo, aunque fuesen paganos, mientras no se opusieran a la autoridad espiritual de Jesús.
Pero cuando mostraron su verdadero rostro de anticristos, provocaron la persecución y la muerte en la Iglesia y en sus hijos.

Como dice el Apocalipsis, estos reyes terrenales, fornicando con “Babilonia” (17,2), y dejándola reinar sobre ellos (17,18), participan en la realeza satánica de la bestia (17,12), y se embriagan con la sangre de los mártires de Jesús (17,6).
Y la crisis final se abrirá con una campaña de todos estos reyes contra el Cordero (Jesús), y se reunirán bajo el dominio de la bestia con miras al gran día (16,14), pero el Cordero los vencerá (18,18), porque es “el Rey de Reyes, y el Señor de los señores” (17,14).
Entonces todos los mártires, decapitados por haberse negado a adorar a la bestia, resucitarán para reinar con Él (Ap, 20,4).

Cada día decimos en el Padrenuestro “que venga a nosotros Tu Reino”.
Esta es la historia “real” que muchos ya no ven, o no quieren ver. Un drama que es la prolongación del drama de la Cruz de Cristo, y que ha sido el Plan de Dios para salvar al mundo.
No es un drama fortuito, casual, que podría haberse evitado o que podría evitarse hoy con la intervención de las Naciones Unidas, o algún pacto interreligioso como los que se anuncian.
Es el drama del pecado de los ángeles y el pecado de Adán, que se opone a Cristo hasta el fin de la historia.
Una guerra más temible que una guerra nuclear. Y no es sólo un evento futuro: esta guerra escatológica que presenta la Sagrada Escritura la libramos cada día y a cada momento.
La libramos en la fe. A veces calladamente, a veces teniendo que hablar, con los riesgos que esto comporta.
De hecho, Jesús en la última Cena, oró al Padre así: “No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno” (Jn 17, 15)

Los recursos de Satanás van cambiando, pero el objetivo es siempre el mismo. La estrategia no es siempre directa y frontal, sino tenernos distraídos…o entretenidos.

Hay que decir, por ejemplo, que el celular cumple muy bien esta función. Jóvenes y viejos, con el aparato en la mano, como un amuleto protector, están atentos a la última noticia, a la llamada o al mensaje de cada minuto, incluso cuando entran a misa.
Los que así viven, distraídos, ¿estarán preparados para el día y la hora en que venga el Señor. ¿Escucharán el llamado final y decisivo de Dios, que no será por el celular? ¿Sabrán qué hacer a último momento?
Seducidos por el reino de este mundo, y siempre ocupados en él, no esperarán ya el Reino venidero, como decía San John Henry Newman. Vivimos los efectos últimos de la secularización de muchos católicos.
Roguemos para que Dios nos despierte de la distracción y nos avise a tiempo. Aunque sea a último momento, como al buen ladrón.
El tiempo apremia, salgamos de la distracción continua.
No seamos meros espectadores de lo que pasa, como la inmensa mayoría frente al televisor o la computadora.
La inercia y el desgano son también una trampa del diablo. Hoy recuerdo especialmente el domingo de Cristo Rey de 2017, cuando una cuarentena de jóvenes recibió en la misa la cruz misionera.
Que no haya quedado guardada. Vivamos conscientemente nuestra pertenencia al Reino que Jesús nos ha traído.

Que Él reine en nuestros corazones, en nuestras familias, en nuestra patria, en todo el mundo. Y anunciemos Su Reino. Anunciemos a Cristo Rey. Como ese joven de 15 años que murió mártir en la guerra de los cristeros mejicanos, gritando ¡Viva Cristo Rey!