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DIOS O EL DINERO. LA TIERRA Y EL CIELO
Martes 24 Sep 2019 | 12:36 pm
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"El que no es fiel en lo poco no será fiel en lo mucho". Con "lo poco" Jesús se refiere a las riquezas "terrenales", "materiales". El que no es fiel en las riquezas terrenales no puede serlo en las riquezas "espirituales", que son los "bienes espirituales", o como dice el texto, "el verdadero bien", es decir, "lo mucho".
Y esta fidelidad que se requiere al discípulo de Cristo en el uso de los bienes terrenales, supone el buen uso y también el desprendimiento de esos bienes. Si es así, se le darán también los bienes espirituales.

Los bienes, las riquezas, que se tienen aquí en la tierra, no son absoluta posesión del hombre. Somos administradores de esos bienes, que pertenecen a Dios. Es lo que significa en el texto "ser fieles con lo ajeno".
Entonces, si es así, Dios concede a cambio de esa fidelidad los bienes que nos pertenecen, lo que es propio, que son los dones espirituales que Dios tiene previsto otorgarnos.
Y entonces, el que es fiel en lo poco (que son esos bienes que administramos aquí), también podrá ser fiel en lo mucho (que son esos bienes espirituales). Bienes de la tierra, bienes del cielo. Pero, si en vez de administrarlos, viene el apego total a los bienes de la tierra, como si fueran propios y definitivos, no hay disposición para recibir los bienes del cielo. Jesús al final, sintetiza todo con una sentencia tajante: no se puede servir a dos señores, "no se puede servir a Dios y la Dinero".

En la traducción que leemos está escrito "Dinero" con mayúscula, igual que la palabra "Dios". Y esa es la interpretación que Jesús quiere darle: se trata de convertir al "Dinero" en un dios, es decir, una idolatría. Y entonces, se le sirve como a un dios. Toda la vida está puesta en la consecución de las riquezas terrenales.
Si es así, no hay espacio ya para el único Dios verdadero, y para el culto verdadero. Y es inútil pretender servir a la vez a Dios y al Dinero como dios. Porque, dice Jesús, se "aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo".
Y esto lo sabemos por experiencia propia. La avaricia de los bienes terrenales ahoga toda búsqueda de los bienes eternos.
No hay tiempo ya ni para rezar, porque siempre estoy ocupado en mis negocios, sean los que fueren.

Obsérvese bien, que Jesús no está aquí condenando al dinero en sí, ni al uso del dinero, es decir, a los bienes temporales, que en su recta medida son necesarios para la vida humana en el mundo, sino al abuso, o mal uso, de los mismos, a convertirlos de medios en un fin, a anteponerlos al Bien último que es Dios mismo, a olvidar o despreciar los bienes celestiales postergándolos; en otras palabras: a preferir, poco a poco, esta vida a la vida eterna. A tener, antes que nada, por encima de todo, dinero en el bolsillo.
A valorarlo todo, incluso a las demás personas, solamente por su riqueza temporal. A educar a los hijos con esta perspectiva. A dejarles solamente esta herencia futura.
En definitiva, a cultivar la avaricia. En este sentido, el Dinero se convierte en un dios, el bienestar en una religión, el trabajo en un culto cotidiano sacrificial, y el amontonar cosas en el tesoro donde tenemos puesto el corazón. Hemos dejado a Dios por las cosas. San Agustín definía así al pecado: "Aversión a Dios, conversión a las creaturas".

Hoy se ve hasta dónde se puede llegar con esta idolatría. ¿Qué otra cosa es la llamada "corrupción" sino el culto permanente al Dinero? Tesoros de metros cúbicos de dólares guardados o enterrados. ¿No es acaso el Dinero lo que mueve el infernal negocio de la droga en todo el mundo? ¿No es por Dinero que existe el otro negocio infernal de la prostitución, de mujeres y de niños? ¿No se roba y se mata por Dinero en nuestras ciudades? ¿No es el Dinero lo que sostiene el Poder de los poderosos? ¿No se compra con Dinero el Poder?
Quizá este caso sea donde se ve con claridad que el Dinero está puesto al servicio de un dios más alto: el Hombre mismo endiosado que domina el mundo. El Anticristo será un dios de este tipo.
Y entonces se verá también con claridad que el demonio ha estado detrás de esto desde la tentación del paraíso, cuando les dijo a Adán y Eva: "seréis como dioses". Pero está a la vista de qué dioses se trata y cuál es el resultado final.

Alguien podría objetar: "pero en la situación crítica en que estamos en este país, y lo que podría venir, ¿no nos vamos a preocupar por lo bienes materiales necesarios para vivir?"
Por supuesto que debemos preocuparnos y ocuparnos, y tratar de resolver las cosas. Pero aun así, Dios es Dios, en la tierra y en el cielo.
No debería ser reemplazado jamás en nuestra mente o en nuestro corazón por otras cosas. Digo "reemplazado", "sustituido". Ese es el riesgo. Él quiere más bien acompañar nuestras obligaciones terrenales, y Jesús llegó a decir: "Venid a Mí todos los que estáis cansados y agobiados, y Yo os aliviaré" (Mt 28,30). La visión cristiana del hombre y del mundo es esta, que jamás se ha desentendido de las realidades presentes, pero las ve desde Dios, no sin Dios. La crítica ha venido desde hace más de un siglo del marxismo comunista y ateo.
Pero el resultado está a la vista. El ateísmo ha provocado el desastre que tenemos delante de los ojos en todo el mundo. Es el cristianismo el que hizo progresar al mundo desde hace veinte siglos.

Hoy asistimos, sin embargo, a un crecimiento inaudito, incluso dentro de la Iglesia, de discursos a todo nivel que priorizan las realidades terrenales, silenciando las eternas, que hablan de un "humanismo nuevo" sin nombrar a Cristo, de una "ciudadanía global", olvidando lo que dice San Pablo: que somos ya aquí ciudadanos del cielo. Hablan con tono internacionalista al estilo de la ONU, pero no hablan de la Iglesia Católica, que significa Universal en un sentido a la vez terrenal y trascendente. Todo esto es una claudicación ante el mundo, no es un lenguaje cristiano, no viene de Dios. Y es una visión demencial, porque, como Jesús nos dijo hace seis domingos atrás con la parábola de hombre rico que había amontonado bienes, nada podremos llevar de aquí en la hora de la muerte, cuando todos los bienes terrenos cobren su exacta dimensión y valor frente al Bien Eterno que estará a la puerta.
La sentencia de Jesús fue breve en la parábola: "Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios".
Y no hay que pensar aquí sólo en las grandes fortunas, ni en los poderosos de este mundo, sino en el nivel común del uso cotidiano de los bienes.

En efecto, la vida aquí es corta, y está pensada así por Dios para que administremos los bienes temporales rectamente en vista de los eternos.
Cualquier otro plan se destruye por sí mismo, porque el mundo no está pensado para ser eterno, sino como etapa inicial de "los cielos nuevos y la tierra nueva", como lugar y tiempo para optar libremente por Dios, para responder con fe a Cristo y seguirlo por el único camino de salvación. Solamente en Él podemos comprender y vivir realmente el valor de las cosas terrenales y el de las celestiales, y administrar los bienes terrenales para que no se conviertan en meta final, para divinizarlos, sean los que sean, sean cuantos sean.
Porque hay una economía superior a la que rige los bolsillos de este mundo, y es la Economía de la salvación, el plan que Dios mismo, en Cristo, lleva a cabo desde su gobierno eterno, para que seamos felices. Y aquí la economía de lo poco está subordinada a la Economía de lo mucho. Pidamos ser fieles a este plan, amar y servir a Dios sobre todas las cosas, y poner todas las cosas al servicio de Dios y de nuestros hermanos. Entonces podremos mejorar incluso las cosas de la tierra, porque no tienen arreglo si no están al servicio de Dios.

El remedio a la avaricia es el desprendimiento, la limosna, y lo que se llama pobreza evangélica, que puede ser vivida teniendo que trabajar para sostener y hacer progresar una familia, teniendo que ocuparse de los negocios de este mundo, buscando el bienestar para una vida digna, y aun disponiendo de fortuna.
Por otro lado, Dios, que está dispuesto a darnos los bienes celestiales, también proveerá los terrenales. Si nos quiere confiar lo mucho, también nos ayudará en lo poco. Es Providente, nos ama, y por eso nos advierte, como un Padre a sus hijos, nos instruye en el gran negocio de la vida, quiere nuestro Bienestar eterno, busca nuestra Felicidad sin fin, precisamente esa que no se puede comprar con dinero, porque se trata de la Riqueza propia de Dios.