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SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS 2019
Sabado 29 Jun 2019 | 14:06 pm
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La fiesta del Corpus Christi del domingo pasado fue un eco del Jueves Santo, porque en la última cena Jesús instituyó la Eucaristía y el Orden Sagrado de los sacerdotes para que la celebren. La fiesta del Sagrado Corazón de Jesús es un eco del Viernes Santo, porque en la cruz su Corazón fue traspasado por la lanza, y de él brotó la Iglesia.
Así como del costado de Adán salió Eva su esposa, del costado de Cristo salió la Iglesia, Esposa de Cristo. Salió agua y sangre dice el evangelio, es decir, los sacramentos del bautismo y la eucaristía, el fundamento y el culmen de la vida de la Iglesia. Jueves y Viernes Santo están así revividos en estas dos fiestas consecutivas, para renovar nuestra pertenencia a la Iglesia a través de sus sacramentos.

La fiesta del Corpus la promovió Jesús mismo a través de aquel milagro eucarístico de Orvieto que recordábamos el domingo pasado, y el papa Urbano IV la declaró oficialmente para toda la Iglesia universal en 1264. La fiesta del Sagrado Corazón la promovió también Jesús mismo a través de las apariciones a Santa Margarita María de Alacoque, para que se instituyera precisamente el viernes siguiente a Corpus Christi. Es decir, que es una fiesta eucarística.
Después del incansable pedido de la santa que murió en 1690, primero se instituyó la fiesta en Francia poco después de su muerte, y luego se extendió universalmente, hasta la consagración del género humano al Sagrado Corazón hecha por el papa León XIII en 1899.
El Sagrado Corazón de Jesús es más que una devoción que podría no estar. Se trata de la adoración a Cristo que es Dios también en su humanidad, que está unida a su divinidad en la Persona del Hijo eterno del Padre. La Iglesia venera su Corazón y lo adora, porque representa humanamente el Corazón divino del Salvador, el Amor mismo del Hijo eterno que al encarnarse dio Su vida por nosotros. Por eso lo llamamos "Sagrado" Corazón. No es meramente el corazón de un hombre santo, sino el Corazón de Dios hecho hombre. Así latió desde su concepción en el seno de María, y durante toda su vida terrena. Y así dejó de latir, no por una muerte natural o provocada, sino como expiación por nuestros pecados. Y al resucitar sigue latiendo por toda la eternidad.
En el Cuerpo de Cristo resucitado, presente realmente en la Eucaristía, está su Corazón resucitado, para amarnos y atraernos hacia Él.
Esta es la palabra: atracción. Es la atracción que sintió aquel soldado romano que lo traspasó con la lanza. La tradición dice que Longinos, ese era su nombre, se convirtió al contemplar a Jesús y recibir en su mismo rostro la salpicadura de la sangre derramada por el Corazón de Jesús. Y se sumó al grupo de sus discípulos. Allí está la estatua suya nada menos que una de las cuatro que rodean el altar mayor de la basílica de San Pedro.
Fue este mismo Corazón traspasado y coronado de espinas que atrajo a Santa Margarita María en Parey le Monial, y quedó unida a Él para siempre, de corazón, en un matrimonio místico. Y allí está en la iglesia donde ocurrieron esas apariciones, el cuerpo incorrupto de la santa, como signo visible de lo que Jesús intenta hacer no sólo con ella sino con todos nosotros. Intenta hacernos latir nuestro corazón al ritmo del suyo, para resucitarlo después como el suyo, y que pueda latir incorrupto por toda la eternidad. El Corazón de Jesús nos atrae con su Amor. Nos indica su Misericordia, nos invita a dejarnos transformar para tener un corazón semejante al suyo, como decimos en la jaculatoria.
Esta fiesta es eucarística, y la intención última de Jesús al unirla al Corpus Christi es porque quiso que fuera una fiesta reparadora. Reparadora del olvido de la Eucaristía, es decir, de Su Presencia Real y de Su Sacrificio en la cruz, es decir, del olvido de la Misa, algo cada vez más notable en nuestra época, donde las iglesias se vacían y la práctica dominical decae. Pero no sólo del olvido sino de las profanaciones de la Eucaristía, que no han parado nunca, como signo manifiesto del odio que tiene el diablo hacia Cristo vivo en el altar y en el sagrario.
Y por eso también es fiesta reparadora del olvido del pecado que causó la Pasión de Cristo, donde el látigo, la corona de espinas, el madero, los clavos y finalmente la lanza, no fueron más que los instrumentos del pecado de los hombres, instigados por el odio del diablo. El Corazón traspasado que hoy veneramos es la escena final de aquella Crucifixión. Allí actuaba toda la furia demoníaca, todos los pecados de los hombres desde Adán, pero allí actuaba a la vez todo el Amor de Dios en la Persona de Jesús, el Redentor del pecado. Esta escena continúa hasta el fin de los tiempos, y la Iglesia es el lugar donde se representa de modo real, sobre todo en cada celebración de la Misa. La de hoy tiene una profundidad especial.

Hoy somos Longinos, lanza en mano, porque le hemos ofendido con nuestros pecados, pero también estamos arrepentidos y seremos no sólo rociados por Su sangre sino que la beberemos en la comunión eucarística.
Y así nos convertiremos también en reparadores, como protagonistas en esa confrontación entre el pecado humano y el Amor divino.
Jesús pide esto: venir a Misa y comulgar.
Busca corazones que sean suyos, como el de Juan al pie de la Cruz, como el de Longinos convertido, como el de Santa Margarita María.
La fiesta tiene que ver con cada uno pero también con cada familia. Si releemos las promesas que le comunicó Jesús a la santa, lo dicen todo:

  • A las almas consagradas a mi Corazón les daré las gracias necesarias para su estado
  • Daré paz a sus familias.
  • Los consolaré en todas sus aflicciones.
  • Seré su amparo y refugio seguro durante la vida y principalmente en la hora de la muerte.
  • Derramaré bendiciones abundantes sobre sus empresas.
  • Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente y el océano infinito de mi misericordia.
  • Las almas tibias se harán fervorosas.
  • Las almas fervorosas se elevarán rápidamente a una gran perfección.
  • Bendeciré las casas y los lugares en que la imagen de mi Sagrado Corazón esté expuesta y sea honrada.
  • Daré a los sacerdotes la gracia de mover los corazones más duros.
  • Las personas que propaguen esta devoción tendrán escrito su nombre en mi Corazón y jamás será borrado de Él.
  • Y Yo les prometo, en el exceso de misericordia de mi Corazón, que mi Amor Todopoderoso concederá a todos aquellos que comulguen nueve primeros viernes de mes consecutivos la gracia de la penitencia final. Ellos no morirán en mi desagracia ni sin haber recibido los Santos Sacramentos. ¡Mi Divino Corazón será su refugio seguro en esos últimos momentos!


Como vemos también tiene que ver todo esto con los sacerdotes. Porque son ellos los que pueden celebrar la Eucaristía, los que desde aquellos apóstoles y hasta el fin del mundo pueden ofrecer realmente la comunión entre el Corazón real de Jesús y el corazón de cada cristiano que se acerque a comulgar, después de haber confesado sus pecados, también con el sacerdote. Por eso esta fiesta del Sagrado Corazón de Jesús la convirtió San Juan Pablo II en la jornada para rezar por la santificación de los sacerdotes. Esto es hoy más urgente que nunca. Si hay algo que busca obsesivamente el diablo es destruir al sacerdote. Sabe bien cuánto depende de él.

Y también el Sagrado Corazón ha tenido que ver y tiene que ver con la vida de las naciones. La misma Santa Margarita María se atrevió a pedir al Rey Luis XIV de Francia que se consagrara personalmente al Sagrado Corazón, que dedicara una capilla en su palacio y que colocara su imagen en los estandartes de Francia. Era el año 1689. El Rey no quiso, y exactamente un siglo después, en 1789, vino la Revolución Francesa, que no fue sólo contra la monarquía sino contra la Iglesia Católica, y hubo mártires. Recién en 1783, después de la guerra franco-prusiana se decidió por ley levantar la gran basílica del Sacré Coeur, que se terminó en 1919, al finalizar la primera guerra mundial. Y ahí está, precisamente en Montmartre, el Monte de los Mártires, donde fue martirizado Saint Denis (san Dionisio), el primer obispo de Paris, en el año 272. Esta es la historia de Francia. Pero está también la historia de otras naciones, como España y su monumento al Sagrado Corazón erigido por el rey Alfonso XIII en 1919, hace un siglo, dinamitado por los comunistas en 1936, y reconstruido después. Allí está también la estatua del Sagrado Corazón en el Corcovado de Río de Janeiro. Y está nuestra patria, que bien debería consagrarse al Sagrado Corazón de Jesús, y no confiar solamente en éxitos políticos para salir adelante. Mañana se celebra la fiesta del Inmaculado Corazón de Maria, unida a la de hoy: los dos Corazones que salvarán al mundo.

Vamos a celebrar ahora la Misa y la prolongaremos en la Adoración Eucaristíca. Será también como un eco breve de aquella noche del Jueves al Viernes Santo, noche de adoración a los pies del Sagrario en todas las iglesias para estar con Jesús en su agonía y pasión. El propósito hoy deberá ser no abandonar esta práctica, especialmente cada primer viernes de mes, hasta llegar a nueve consecutivos, como lo pidió Jesús a Santa Margarita María. El próximo viernes es primer viernes. Estas son las cosas que podemos hacer en esta pequeña iglesia. Y son grandes cosas. Las más eficaces. Porque Jesús actúa. Porque quiere nuestro corazón para convertir a otros corazones. Porque busca que confiemos en Él, no sólo en nuestras obras humanas. Por todo eso le decimos hoy de corazón, Cor ad Cor:

Sagrado Corazón de Jesús... En Vos confío.
EL SAGRADO CORAZÓN
Beato John Henry Newman
Meditaciones sobre la doctrina cristiana, xvi


1. Sagrado Corazón de Jesús, Te adoro en la identidad de la personalidad de la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Lo que pertenece a la Persona de Jesús, pertenece por ello a Dios, y debe ser adorado con la única y misma adoración que tributamos a Jesús. Él no tomó Su naturaleza humana como algo distinto y separado de Sí, sino como simple, absoluta y eternamente Suyo, de modo de ser incluido en el mismo pensamiento que tenemos de Él. Te venero, Corazón de Jesús, en cuanto eres Jesús mismo, esa Palabra Eterna, en la humana naturaleza que tomó plenamente y en la que habita plenamente, y por ello en Ti. Tú eres el Corazón del Altísimo hecho hombre. Al adorarte, adoro a mi Dios encarnado, al Emmanuel. Te adoro por soportar aquella Pasión que es mi vida, pues Tú te partiste y rompiste en la agonía, en el jardín de Getsemaní, y Tu contenido precioso se derramó, gota a gota por las venas y los poros de Tu piel, sobre la tierra. Después, te consumiste hasta secarte sobre la cruz, y luego de morir fuiste traspasado por la lanza, ofreciendo lo poco que quedaba de ese inestimable tesoro, que es nuestra redención.

2. Mi Dios, mi Salvador, adoro Tu Sagrado Corazón, pues ese corazón es la sede y la fuente de todos Tus más tiernos afectos humanos hacia nosotros, pecadores. Es el instrumento y el órgano de Tu amor. Latió por nosotros. Suspiró por nosotros. Sintió dolor por nosotros, y por nuestra salvación. Se encendió de celo fogoso porque la gloria de Dios se manifestara en y por nosotros. Es el canal por el cual nos ha venido todo Su desbordante afecto humano, toda Su Divina Caridad hacia nosotros. Toda Su incomprensible compasión por nosotros, como Dios y Hombre, como nuestro Creador, Redentor y Juez, nos ha venido, y viene, en un único torrente, a través de ese Sagrado Corazón. Sacratísimo símbolo y Sacramento de Amor, divino y humano en su plenitud, realmente me salvaste por Tu divina fuerza, por Tu afecto humano, y finalmente por esa milagrosa sangre con la cual te derramaste.

3. Sacratísimo y muy amado Corazón de Jesús, estás oculto en la Santa Eucaristía y sufres aún por nosotros. Ahora como entonces dices “con deseo deseé” (Lc 22,15). Te venero, pues, con todo mi mejor amor y reverencia, con mi ferviente afecto, con mi mayor sumisión y la más resuelta voluntad. Dios mío, cuando condesciendes a sufrir que te reciba, te coma y te beba, y por un momento estableces Tu morada en mí, haz que mi corazón lata con el Tuyo. Purifícalo de todo lo que es terrenal, de todo lo que es orgullo y sensualidad, de todo lo que es duro y cruel, de toda perversidad, de todo desorden, de toda mortandad. Llénalo tanto de Ti, que ni los acontecimientos del momento ni las circunstancias de la época tengan poder de alterarlo, sino que en Tu amor y en Tu temor pueda hallarse en paz.