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LA FE, LA PAZ , Y LA ALEGRÍA DE LA PASCUA
Jueves 2 May 2019 | 20:53 pm
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2do DOMINGO DE PASCUA (C) 2019

Hemos vivido desde el domingo pasado hasta hoy la Octava de Pascua, es decir, no un día sino ocho días seguidos, celebrando el Domingo de Pascua.
No es una simple prolongación de la fiesta, sino poner de manifiesto el sentido trascendente de la Pascua:
La Resurrección de Cristo de entre los muertos es el “Hecho” que señala no sólo un nuevo tiempo hasta el fin del mundo, sino la misma eternidad.
Es, como ya decían los Santos Padres de la Iglesia antigua, el “Octavo Día”, ese que no existe en el calendario semanal terrestre, el Día Eterno.
Eso es lo que significa la Octava de Pascua que hoy termina.
Y es también lo que deberíamos recordar cada Domingo del año: es el primer día de la semana (no el último) y es el Día del resucitado, es decir, el inicio de la vida eterna.
Y esta es, precisamente, la concepción cristiana del tiempo. Lamentablemente hay que decir que está ausente, no solamente en el mundo, sino en la mente y el corazón de muchos cristianos.

La mayoría de la gente vive “el hoy” y nada más.
Como mucho están los planes de futuro de mañana y algo más.
Pero la relación entre el tiempo y la eternidad se ha perdido de vista.
Por eso, e l mismo domingo, el Día del Señor, el Día pascual, se ha convertido en parte de un fin de semana donde lo que gobierna es la diversión, y la Misa se la ubica de acuerdo a los compromisos sociales que tienen la primacía.

Diluido el domingo, toda la semana queda sometida a la dictadura de una febril actividad laboral y nada más.
La religión es un añadido, no el centro de la vida.
La fe no está en el lugar de privilegio. Lo ocupan las noticias, la política, el dólar, el entretenimiento, y las preocupaciones y ocupaciones cada vez más exigentes. Pareciera que la cabeza no da para más.
No hay tiempo para Dios, no hay tiempo para orar, no hay tiempo ni siquiera para considerar la realidad desde la fe.
Se pierde el sentido último de la vida.
Nos lleva la correntada histórica de los acontecimientos como un tsunami que arrasa con todo.

Mejor aún, nos empuja una ley de gravedad que nos hace caer en el vacío cada vez más rápido sin poder frenar la caída. O más precisamente la “decadencia”.
En esta Octava de Pascua se ha comenzado a leer el libro de los Hechos de los Apóstoles, que nos relata el inicio de la vida de la Iglesia.
Nos trae esa primera predicación valiente de los Apóstoles. Y hoy nos dice que “aumentaba cada vez más el número de los que creían en el Señor, tanto hombres como mujeres”, y que “la multitud acudía de las ciudades vecinas a Jerusalén” para que los apóstoles curasen a los enfermos.

Pero ¿qué le pasa a nuestro cristianismo actual?
En vez de aumentar en número decrece, en vez de anunciar con valentía la fe parece claudicar ante el mundo y entrar en componendas con todo lo que va en contra de esa fe.
Los niños y jóvenes se crían en este ambiente cada vez más pagano.
Aquellos primeros cristianos vivían en el mundo pagano original y, precisamente, comenzaron a vivir según la fe cristiana, abandonando los hábitos paganos.

Ahora, el proceso se ha invertido. Son los cristianos que han adquirido los hábitos paganos de vida.
La tan mentada “apertura” de la Iglesia al mundo, que era al principio entendida como el intento de cristianizar al mundo, se convirtió pronto en una progresiva mundanización de la Iglesia.
Es al revés: el mundo entero es el que está llamado a abrirse a Cristo, como dijo el santo papa Juan Pablo II desde el balcón de San Pedro, recién elegido:
“No tengáis miedo. Abrid las puertas a Cristo”.
Pero ha ocurrido lo contrario: muchos católicos han abierto sus puertas a los criterios del mundo, a las novedades del mundo, cuando lo cierto es que la gran Novedad fue y será siempre Jesucristo.
Fue la Novedad que convirtió al mundo pagano antiguo por boca de los cristianos de entonces, pero los cristianos de hoy se convierten al mundo pagano actual. Se va apagando el testimonio cristiano, en la medida que se apaga la verdad de la fe en los corazones.

El evangelio de hoy, que continúa presentándonos en este tiempo pascual, las apariciones de Jesús
resucitado, muestras a los apóstoles en el Cenáculo, “con las puertas cerradas por temor a los judíos”.
Es decir, encerrados. El gran peligro hoy es el mismo para los católicos. No estará mal cerrar las puertas para no contaminarse con el ambiente tóxico del mundo actual, pero hay que salir de todos modos para anunciar a Cristo resucitado. Él entró en aquel Cenáculo a pesar de las puertas cerradas, porque tenía un cuerpo distinto, resucitado, y como dice el texto, “llegó y se puso en medio de ellos”.
Y lo que ocurrió allí dentro hizo que los Apóstoles abrieran las puertas del Cenáculo, sin temor, y salieran a predicar al mundo: “abran las puertas a Cristo”, las de los corazones, la de las casas de familia, la de los pueblos y naciones, las del mundo entero. Esta es la apertura que Jesús espera. Él es el aire puro que desintoxica al mundo. Por el contrario, la intoxicación mundana que sufren hoy tantos católicos, es obra del demonio. Es el humo tóxico del infierno, que asfixia la fe, y destruye los hábitos y costumbres cristianas. Por supuesto, no ayudaremos en nada al mundo si compartimos su intoxicación. Sencillamente terminaremos por morirnos todos.
El mismo saludo de Jesús al aparecer en el Cenáculo fue ya por sí mismo un aire puro: “La paz esté con
vosotros”. Porque El mismo es esa paz. Y así es el saludo inicial que se repite a lo largo y al final de la misa: “El Señor esté con vosotros”. Y es ese saludo el que hay difundir en el mundo. No la falsa paz predicada por los poderosos, ni la que enuncia ese discurso humanitario sin Dios, ni la paz a costa de la verdad que procura ese ecumenismo religioso mal entendido, ni la paz que se confunde con estar tranquilos, ni la paz que significa no estar en guerra, ni la paz de los acuerdos políticos, ni la paz de los pacifistas del 68, ni la paz que se consigue tomando calmantes, ni la paz de irse a dormir, ni la paz de los cementerios….sino la Paz de Cristo, en la que piensa San Pablo cuando nos dice: “Que la paz de Cristo reine en vuestros corazones” (Col 3,15). Esa es la Paz, con mayúscula, que recibieron los Apóstoles la tarde del Domingo de Pascua en el Cenáculo. Y fue la Paz que ocho días después, es decir, hoy, en la Octava de Pascua, volvieron a recibir, esta vez todos, porque estaba allí Tomás. Había vivido desde el domingo anterior no en paz, sino con esa inquietud de mente y corazón que trae la duda y la incertidumbre. Pero el Señor lo ayudó: le ofreció aquello mismo que Tomás había puesto como condición: meter el dedo en las llagas. Y entonces tuvo Paz, porque eran las llagas de Cristo, en las que se cumplía aquella profecía de Isaías: “Por sus llagas fuimos curados” (53,5). Aun así, Jesús lo amonestó: “En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”. Otra vez lo esencial. La Paz viene de la Fe. Si el mundo no cree en Cristo no tendrá Paz. Y si los católicos, por temor al mundo, pactamos con él, perderemos la Fe y también la Paz. La crisis actual de la Iglesia es una crisis de fe, es decir, análoga a la que vive el mundo como tal. Debemos mostrar a Cristo resucitado con sus llagas gloriosas: el que meta el dedo se salvará. En otro sentido, somos nosotros los que, llenos de Fe y de Paz en Cristo Jesús, debemos animarnos a “meter el dedo en las llagas del mundo”, que son precisamente las que han producido los pecados del mundo, para poder curarlas en nombre del Señor resucitado . No con ungüentos de religiones falsas, ni con terapias psicológicas al estilo de Anselm Grüm, ni con vendas que tapan las heridas, ni con palabras vacías, sino con el mismo Cuerpo Resucitado de Jesucristo, que se recibe aquí en la Eucaristía, el Cuerpo Pascual del Señor, ese que Él mismo dijo que da la Vida Eterna. Será Él quien toque las llagas del mundo, y las nuestras también, con su Dedo. Y entonces habrá Paz. Lo dijo Jesús con claridad: “La paz os dejo, Mi paz os doy, no como la da el mundo” (Jn 14,27, y lo repetimos tal cual antes del saludo de paz en la misa: “Señor Jesucristo, que dijiste a su apóstoles: “La paz os dejo, mi paz os doy”, no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra, concédele paz y la unidad. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos”. Vemos como está unida la Fe en Cristo y la Paz de Cristo. Y esta Paz de la Fe es la que trae consigo también la Alegría. Como dice hoy Jesús mismo: “¡Felices los que creen sin haber visto!”. El mundo está enfermo de tristeza y busca curarse con alegrías baratas y pasajeras. La auténtica medicina es Jesús Resucitado. Vivamos a fondo la Fe de la Pascua, que trae Paz y Alegría, y salgamos como los Apóstoles a llevarla al mundo entero.