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LA VERDADERA FELICIDAD
Jueves 21 Feb 2019 | 15:04 pm
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En este domingo VI (C) de 2019, San Mateo y San Lucas traen las Bienaventuranzas.
San Mateo pone ocho; San Lucas las reduce a cuatro, pero agrega cuatro Imprecaciones, o Ayes, que son como el eco negativo de las Bienaventuranzas, el contraste que las reafirma. Las tres primeras Bienaventuranzas son casi sinónimas: pobreza, llanto, hambre.

Estas afirmaciones parecen desconcertantes. Van contra nuestras inclinaciones espontáneas. El mundo no dice “dichosos los pobres” o “dichosos los que lloran” o dichosos los que tienen hambre”, sino “dichosos los ricos”, “dichosos los que rien”, dichosos los satisfechos”. Pero precisamente esto es lo que está contradicho en las Imprecaciones: “¡Ay de ustedes los ricos…Ay de ustedes los que están satisfechos…Ay de ustedes los que ríen!”.

Los pobres de la Bienaventuranza no son los pobres sin más, sino el pobre oprimido pero piadoso y resignado con su suerte ante Dios. En el Antiguo Testamento se los llamaba anawin. Y de modo similar hay que interpretar a los que lloran y a los que tienen hambre. Aquí la Bienaventuranza se promete a quienes ante las dificultades o pruebas, en vez de desanimarse, tienen esperanza en Dios. Y la Imprecación a los ricos se refiere a los ricos irreligiosos y opresores, al rico injusto que está también satisfecho y ríe.

Había en la tradición judía una interpretación materialista de la Ley: los bienes eran el premio de los buenos y los dolores y carencias el castigo de los malos. Pero Jesús corrige esta visión. Más aún, en la cuarta Bienaventuranza habla de los que son odiados, excluidos, insultados y proscriptos por su causa, y en la cuarta Imprecación el ¡Ay! a los que son elogiados por todos, como los falsos profetas. Hoy vivimos estas cosas. Los que conservan la fe católica son cada vez más excluidos, mientras los disidentes y heterodoxos tienen el aplauso de muchos, y por supuesto de los medios.

Todo esto no es nuevo en la historia. Se trata de la visión de Cristo, del evangelio, y de la visión del mundo. Las Bienaventuranzas son rechazadas por el mundo, que acepta en cambio todo lo que viene de las concupiscencias y lleva al pecado. Pero de ahí no resultará ninguna Bienaventuranza eterna, sino un eterno ¡Ay! San Juan es muy claro cuando dice: “No amen al mundo ni las cosas mundanas. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en Él. Porque todo lo que hay en el mundo –los deseos de la carne, la codicia de los ojos y la ostentación de la riqueza –no viene del Padre, sino del mundo. Pero el mundo pasa, y con él, sus deseos. En cambio, el que cumple la voluntad de Dios permanece eternamente”. (1 Jn 2, 15-17)

Jesús nos invita a profundizar en la realidad, a no creer en las apariencias, en la superficie de las cosas. Las situaciones que nos parecen desfavorables pueden ser realmente favorables, y las que parecen favorables realmente desfavorables. Las cosas que el mundo ambiciona son peligrosas, llevan a la muerte. Las que el mundo rechaza y la fe cristiana ambiciona llevan a la vida.

Jesús nos pide valorar las cosas desde la fe, la esperanza y la caridad. Es la visión cristiana de la realidad. Hoy impera la contraria: una visión materialista, puramente terrena, donde los valores están invertidos. No se aspira a la riqueza, a la satisfacción y a la alegría espiritual que permanece, sino a la material que es pasajera. Pero Jesús advierte en los ¡Ayes! que es precisamente esta aspiración material la que trae verdadera pobreza, verdadero hambre, y verdaderas lágrimas. Antes o después.

Es la necedad también de buscar un cristianismo sin cruz, de puro bailar y cantar, sin ninguna renuncia, sin conversión, sin amor a la verdad. Es en realidad el anticristianismo predicado por el padre de la mentira, el padre de todos los falsos profetas. Es haber inventado un cristianismo superficial, postcristiano, acomodado cada vez más a los criterios del mundo, con infinitas razones de conveniencia, con la búsqueda de consensos que traicionan a Cristo y a su Iglesia, disolviendo la Verdad en confusiones y ambigüedades. Es hacer cualquier cosa antes de confrontar con el mundo. Siempre hubo, y hoy llega a niveles alarmantes, el intento de identificar a la Iglesia con el mundo. Si esto llegara a suceder del todo, la Iglesia perdería el sentido de existir, y la gran promesa de Jesús de que “no prevalecerán contra ella las puertas del infierno” no se cumpliría. Pero esto no será así. No importan las estadísticas.


Dice hoy el evangelio de San Lucas, que antes de predicar las Bienaventuranzas y los Ayes, Jesús acababa de instituir a los Doce Apóstoles. Esta fue entonces la primera prédica que escucharon después de ser nombrados. Al final del evangelio aparecen enviados por Jesús como testigos de su muerte y resurrección, y habrán predicado estas mismas Bienaventuranzas, con la garantía de que fueron promesas y ayes de Aquel que había muerto y resucitado, de Aquel sabe mejor que nadie dónde está la verdadera felicidad y dónde la falsa. Así comenzó la Iglesia Apostólica a evangelizar el mundo, y así seguirá haciéndolo hasta el fin.

La inundación crece, pero ella sola es el Arca que no se hunde. No nos bajemos. Permanezcamos fieles. “Estar” en el mundo no significa “ser” del mundo, y es la única clave salvarlo. Para poder evangelizar el mundo no hay que contaminarse con él sino permanecer como “luz” en las tinieblas, como “sal” que no pierde su sabor, valientes y esperanzados, fundados en las promesas de Bienaventuranza y Felicidad que el Señor nos hace hoy: “¡Alégrense y llénense de gozo en ese día, porque la recompensa de ustedes será grande en el cielo!”.

¿Nos atraen más las promesas del mundo que las de Cristo? Decidámonos.