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MISA DE NOCHEBUENA Y NAVIDAD
Martes 15 Ene 2019 | 23:17 pm
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VIAJE Y DESTINO
Jesús viajó dos veces por Tierra Santa antes de nacer. El vehículo fue su propia Madre, que lo llevaba en su seno desde la concepción en Nazaret. El primer viaje fue el que hizo María para visitar a su prima Santa Isabel. Allí fue Jesús y se encontró con Juan Bautista, que tampoco había nacido aún, y que “saltó de alegría” en el seno de Isabel ante la presencia del Señor. Fue en Ein Karim, en Judea: María y Jesús vivieron allí tres meses, como dice el evangelio, hasta que Isabel dio a luz a Juan Bautista, y después regresaron a Nazaret. Fue su primer viaje, invisible a los ojos del mundo, ida y vuelta, en esa tierra que después recorrería visiblemente. El segundo viaje invisible, lo hizo cinco o seis meses después, cerca ya de su Nacimiento, cuando José y María tuvieron que ir hasta Belén, para cumplir con el censo de empadronamiento mandado por el Emperador de Roma. El censo era en la ciudad de origen de cada familia, y Belén era la ciudad del rey David, de quien era descendiente José. Otra vez el viaje fue desde Nazaret hasta Judea. Para no pasar por Samaría, que estaba prohibido a los judíos, tenían que llegar primero a la orilla del Jordán, bordear el río hasta Jericó, y luego subir a Jerusalén por el desierto de Judea, subir realmente porque hay 1000 metros de diferencia, y desde Jerusalén ir a Belén, que está a ocho kilómetros de la Ciudad Santa. El viaje total serían unos ciento cuarenta kilómetros. No sabemos cómo habrán viajado, probablemente en caravana, en un carro, o San José a pie y la Virgen montada en un burro, como los ha representado la tradición. La duración del viaje pudo ser de unos diez días, con frecuentes paradas. Los peregrinos hacen este recorrido por autopistas, en micros con aire acondicionado, y en el lapso de medio día, con paradas y todo.

En cambio, la situación de María que estaba por dar a luz fue de gran exigencia, y para José de gran responsabilidad. No podemos dejar de observar que aquí, en medio del gozo por lo que iba a ocurrir, se hacía presente también la cruz, la necesidad de afrontar dificultades, la incertidumbre y el peligro del viaje, el cansancio. Cada madre y cada padre de este mundo viven de algún modo estas cosas, pero aquí el caso fue único: era el Salvador del mundo que viajaba en el seno de María, y José el custodio de ambos. Era una familia única e irrepetible, un nacimiento único e irrepetible, un viaje irrepetible.

Tampoco la llegada fue la prevista: Belén estaba atestada de gente por el censo, no había donde parar. Un pesebre, la gruta que estaba en la parte posterior de las casas, cavada en la montaña, donde se protegían en invierno los animales domésticos, ese fue el único lugar disponible que encontró la Sagrada Familia. Lo que puede parecer a nuestros ojos una escena dulce, pintoresca, bucólica, representada en innumerables cuadros y esculturas, en realidad señala también un anticipo de cruz. Ninguna madre, por muy primitiva que pudiese ser la vida en aquellos tiempos y lugares, podía estar contenta con dar a luz a su hijo primogénito en un pesebre para los animales. Por supuesto, se trataba de Santa María Virgen y de San José, y aceptaron todo como ya lo venían haciendo. Pero no podemos dejar de ver, como ellos lo verían también, que era una paradoja total que el Salvador del mundo, Dios hecho hombre, fuera a nacer en semejante lugar. La verdad es que un plan humano hubiera sido otro.

Pero era Dios que estaba detrás. Todo sucedía para que se cumpliera la profecía de Miqueas acerca del lugar donde tenía que nacer el Mesías: Belén. José y María vivían en Nazaret. Jesús iba a nacer allí. Pero Palestina era parte del Imperio Romano y la ley de censo impuesta por el Emperador Augusto, obligó a los esposos a viajar a Belén. El Emperador pagano, sin saberlo, cooperó para que se cumpliera el plan de Dios sobre el Salvador del mundo.

La conclusión es que debemos ponernos en manos de Dios y de su Providencia para que puedan cumplirse Sus designios, cooperando a los mismos con fe y esperanza, con la certeza de que sus caminos, como éste a Belén, son Sus caminos, y no los nuestros, y que el resultado será el mejor. Así podemos vivir con alegría lo que sea, sabiendo que estamos siempre en las manos de Dios.

José y María son los intercesores de los esposos que cuidan a sus hijos, antes y después de nacer. En medio de aquellas dificultades, qué alegría habrán tenido José y María al ver a Jesús visiblemente, recién nacido, y luego aquella llegada de pastores, que habían visto y escuchado a los ángeles. En verdad, como había dicho el profeta Isaías, que hoy hemos leído: “Sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz. Tú has multiplicado la alegría…Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado…y se le da por nombre Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la paz”. En todo eso se convirtió aquél pesebre, que no era sino una réplica de la situación en la que se hallaba la humanidad caída. Y allí mismo apareció Jesús, su Salvador. Dios pudo convertir un pobre pesebre en una palacio para albergar al Rey de cielos y tierra.

¡Cuánto hay para contemplar y meditar ante el pesebre que tenemos en casa o el que está en cada iglesia! ¡Qué pena que no hay uno en cada plaza y esquina! ¡Cómo se ha descristianizado el mundo! ¡Cómo se ha mundanizado y banalizado la Navidad! No se habla casi del Niño, de su identidad divino-humana, del porqué de su llegada. Muchísimos celebran la fiesta sin saber por qué. Quedan las lucecitas, los arbolitos, la comida y los saludos, pero desaparece el motivo de todo el festejo si el Niño Jesús ya no está en las mentes y los corazones. Muchas familias ya no se unen y reúnen en torno al pesebre. No miran al Niño; se miran a sí mismos, unos a otros, pero falta el anfitrión de la fiesta, suena música pero no la de los ángeles, tiran fuegos artificiales y bengalas pero no está la estrella de Belén.

Sin embargo cada familia cristiana, padre, madre, hijos y abuelos, pueden ser pesebres vivientes hoy; donde las lucecitas hagan recordar las palabras del salmo 18: “El cielo proclama la gloria de Dios, y el firmamento pregona la obra de sus manos”; donde el arbolito represente lo que dice el salmo 95: “Griten de júbilo todos los árboles del bosque ante la faz del Señor, porque El viene”; donde las bebidas y los dulces recuerden lo que dijo el profeta Joel: “En aquellos días, los montes destilarán vino y las colinas leche y miel”; donde el buey y el asno que hemos puesto junto a la cuna nos recuerden lo que dijo el profeta Isaías: “El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su amo, pero Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento” (1,3), es decir, no reconocen a su Amo que es Dios, y por eso, en familia, como María y José, reconozcamos a Jesús como nuestro Dios y Señor al mirar al Niño; y donde los mismos regalos de Navidad no vengan de Papá Noel, sino que representen el gran Regalo que es Jesús mismo. Porque sin Él no hay Navidad, no hay alegría, no hay paz. Todo eso puede hacer cada familia. Y es lo que hacemos ahora litúrgicamente, como la gran familia de los hijos de Dios, en la Misa de Nochebuena. ¿Adónde o cuándo se ha escuchado esta expresión, “Nochebuena”, como no sea para indicar la Navidad de Jesús? Es la noche iluminada por la Luz que brota del Niño y que anuncia el amanecer de gracia a todo el mundo.

Todos nosotros estamos de viaje: el viaje de la vida en el que nos ha colocado Dios. Hacemos cosas diversas y pareciera que viajamos a puntos diversos, a situaciones distintas, y que debemos afrontar dificultades distintas, pero, sin embargo, según el designio de Dios todos deberíamos estar de viaje hacia un mismo lugar, que es el cielo, y no viajando separados sino con toda la Iglesia, es decir, vamos con Jesús, como José y María. Sólo así llegaremos a Belén a tiempo para ver nacer el Niño, para ver y escuchar a los ángeles, como los simples pastores contemplativos del gran Misterio. Y por eso cantamos el “Adeste fideles” que hoy resuena en todo el mundo: “Vayamos cristianos, jubilosa el alma, la estrella nos llama junto a Belén, hoy nacido el Rey de los cielos, cristianos adoremos, cristianos adoremos, cristianos adoremos al Niño Dios”.

¡¡FELIZ NAVIDAD!!