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3er DOMINGO DE ADVIENTO
Martes 15 Ene 2019 | 23:09 pm
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LA VERDADERA ALEGRÍA
Este tercer domingo de Adviento se llama domingo “Gaudete”, es decir, domingo “de alegría”. Hemos encendido la velita rosada de la corona de Adviento. Es un tiempo penitencial, y hoy se nos invita a considerar con mayor fuerza a quién estamos esperando, para que lo hagamos “con alegría”.

Porque para estar alegres hay que tener un motivo. Cada uno puede recordar los momentos alegres de su vida y darse cuenta el motivo que había. Sin duda, hay alegrías forzadas, sonrisas diplomáticas o de buena educación. También hay alegrías falsas, que son producto del pecado mientras se lo comete, pero luego viene la tristeza y pesadumbre: se acabó la fiesta y la conciencia nos habla interiormente. La publicidad en general invita a una alegría a base de consumir cosas. Ninguna de estas son alegrías verdaderas, ni duraderas. Porque una alegría verdadera brota de un motivo verdadero y duradero, es decir, algo que es real y tiene futuro. Por eso, la alegría brota de la esperanza, que es confianza cierta de futuro. Por supuesto sólo Dios puede asegurarnos un futuro real, con sus promesas y providencia, y entonces hay esperanza y alegría. Se experimenta una alegría anticipada de lo que está por llegar, de lo que va a ocurrir.

A esta alegría nos invitan los textos del Antiguo Testamento, como el de hoy, del profeta Sofonías, cuando hablan de la llegada del Mesías. “¡Grita de alegría, hija de Sión! ¡Aclama Israel!”. También lo dijo el salmo “¡Aclamemos al Señor con alegría!”. Y el evangelio nos dice que San Juan Bautista “anunciaba al pueblo la Buena Noticia”, y así exhortaba a la conversión a los que le preguntaban “¿Qué debemos hacer?”

Dios nos ha creado para la alegría. Las descripciones bíblicas del cielo, el gozo del que hablan, son imágenes que conmueven, y que nos mueven a desear esa dicha. Dios mismo ha puesto en nuestro corazón ese deseo, pero no como una mera ilusión. Ni tampoco como un sueño de fantasía para calmar los males, personales, familiares o sociales, que no podemos evitar y que nos dan tristeza.

Jesús no nos habla así, porque lo que nos hace esperar no está en la fantasía de la mente, o en la imaginación, sino que nace de un hecho real. El motivo de esa esperanza y alegría es Jesús mismo, su Nacimiento, su Presencia siempre viva entre nosotros, que continúa desde su Resurrección hasta el fin de los tiempos. Porque la Navidad que celebramos fue el preludio de todo lo que sucedió después en Jesús. Como todo nacimiento de un hijo, que es el comienzo de una nueva vida y esperanza para la toda la familia, así el Nacimiento del Niño Jesús fue el comienzo visible de la Encarnación del Verbo, de Dios hecho hombre, de la Vida eterna entre nosotros y en nosotros, esperanza para toda la familia de los hijos de Dios.

A tal punto Jesús nos abre el camino hacia la vida eterna, hacia la felicidad plena, que San Pablo se atreve a decir hoy: “Alegraos siempre en el Señor”. ¿Cómo podríamos estar siempre alegres si no fuera porque tenemos delante un motivo permanente para estarlo? El único motivo permanente es la presencia del Señor. Podemos estar siempre alegres en el Señor. Es decir, en Jesús. Se trata entonces de la alegría de la fe y de la esperanza, que están puestas en Cristo. No es un consuelo barato, como se dice, no es una ilusión de futuro para seguir tirando, no es un entretenimiento pasajero, no es un sueño, sino una realidad presente, el verdadero motivo para una verdadera alegría.

Todo ello está incluido en la Fiesta que estamos preparando: la Navidad es, de veras, una fiesta de alegría. ¿Qué otro acontecimiento podría igualar al hecho de que Dios está con nosotros, que descendió a nuestro mundo y no se ha ido? Esto expresaba el Arcángel Gabriel a la Virgen en el saludo de la Anunciación: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Y comenzando por la alegría de María, esta ha sido siempre la experiencia de todos los cristianos.

Por eso, el saludo cristiano nunca podrá ser “¿Qué tal, todo bien?”, como queriendo afirmar “aquí no pasa nada”, porque no está “todo bien”. Ni tampoco “¿Qué tal, todo en orden?”, porque no está todo en orden, ni mucho menos. Hay mucho mal en el mundo, y la actitud cristiana no es el disimulo. Pero, como los cristianos sabemos que Jesús ha vencido al mal, que Él mismo es el Bien, y triunfa sobre el desorden del mal de modo total, y de eso nos habla como el Niño que está por nacer, entonces el saludo es “Feliz Navidad”. Y no es un saludo de mero optimismo humano, sin garantía ni fundamento, no es el “felicidades” genérico y abstracto, sino un saludo auténtico, concreto y real, porque si hay Navidad, si nace Jesús, sí puede haber verdadera alegría y felicidad. No hará falta agregar nada más. Todo lo demás será, en todo caso, fruto de esta profunda alegría cristiana. Y las penas de este mundo, la oscuridad interior y exterior, será reemplazada por la Luz.

Sigamos viviendo este Adviento con espíritu de penitencia, es decir de conversión. No es penitencia triste sino gozosa, sabiendo que la confesión de nuestros pecados, la purificación de nuestras vidas por el perdón de Dios, nos devuelve la Alegría perdida. Más aún, nos capacita para trasmitirla a otros.

Estad siempre alegres en el Señor.

Esta es la consigna.