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EL ESCÁNDALO (Dom. 26)
Sabado 13 Oct 2018 | 13:05 pm
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El amor al prójimo exige hacerle el bien. La caridad en las acciones más pequeñas tendrá su recompensa, dice el Señor en el Evangelio.
El lunes vamos a celebrar la memoria de Santa Teresita, que nos ha dejado un ejemplo vivo de esta práctica de las obras pequeñas, de "dar de beber un vaso de agua", de hacer extraordinariamente bien lo ordinario y cotidiano, lo que está siempre a la mano, de vivir el "caminito" de infancia espiritual.

Jesús habla de esta caridad.
Pero inmediatamente muestra el reverso, lo opuesto, que no es sólo hacer el mal al prójimo, sino inducirlo a que lo haga.
Se llama escándalo. Viene de la palabra griega skándalon, que significa piedra de tropiezo, obstáculo.
Escandalizar es la actitud o el comportamiento que seduce a otro a hacer el mal, a tropezar en el mal.
El que escandaliza se convierte en tentador de su prójimo, en aliado del demonio.
Puede llegar a ocasionar la muerte espiritual de su hermano.
Por eso el escándalo constituye un pecado grave, si por acción u omisión, arrastra deliberadamente a otro a una falta grave.
Y es más grave según la autoridad de quienes lo causan o la debilidad de quienes lo padecen.

El escándalo puede ser provocado por la ley o por las instituciones, por la moda o por la opinión.
Son escandalosas las condiciones sociales que hacen ardua y prácticamente imposible una conducta cristiana conforme a los mandamientos.
Es escandaloso cuando algunos con su opinión desvían a otros de los valores morales.
Peor aun cuando son los que están obligados a enseñar y educar a otros.
Los espectáculos de la televisión y las imágenes que se ven hoy en diarios que llegan a los hogares y en carteles de publicidad por todas partes son un escándalo.
Ni qué decir de la pornografía directa en internet, disponible en cualquier celular.
San Juan Crisóstomo, comentando el evangelio de hoy, decía en el siglo V de ciertos espectáculos teatrales de entonces: "Es un gran daño pasar allí inútilmente el tiempo y ser escándalo para los otros...
Porque si no hubiera espectadores, tampoco habría quienes se dedicaran a esas infamias...
No me vengas con que todo es una representación. Sí, una representación que ha convertido a muchos en adúlteros y trastornado muchas familias...
Si el hecho es un mal, su representación también tiene que serlo...
Nada hay más deshonesto que un ojo capaz de soportar esa vista...
Mejor fuera embadurnarte los ojos con barro y con cieno que no contemplar esa iniquidad".

En fin, ejemplos no nos faltan hoy, además de los espectáculos y shows, como el de Tinelli y otros basurales.
Está el escándalo de los manuales inicuos de educación sexual para niños, inspirados en la ideología de género que se extiende por todo el mundo, sustituyendo a los padres, y convirtiéndose en una verdadera corrupción de menores.
Tenemos también la corrupción salvaje en la política que ha incitado e incita a imitarla.
La corrupción en los negocios que empuja a muchos por el mismo camino.
La corrupción en la vida familiar que escandaliza a los hijos propios y ajenos.
El mal hablar y el mal vestir; el pudor en la mujer casi se ha perdido.
Está el escándalo del relativismo moral y religioso que obnubila las conciencias e impide distinguir entre el bien y el mal.
Está el escándalo de los que enseñan el error o no enseñan toda la verdad, de palabra o de obra, incluso en la catequesis, el escándalo contra la fe.
Todo esto es escándalo, es decir, incita a otros al mal.

San Agustín dice: "el que vive mal en presencia del pueblo, en cuanto de él depende, mata a aquel que contempla el mal ejemplo de su vida".
En este sentido, el mayor escándalo en el seno de la Iglesia hoy son los abusos sexuales por parte de clérigos, de todos los niveles, o de su encubrimiento, o de dilatar la pena que corresponde.
Se han sumado acusaciones con un ritmo vertiginoso.
Y aunque los católicos sabemos que la Iglesia es santa no por sus miembros sino por origen divino, el escándalo es mayor en aquellos que tienen una fe débil, y podrían convertirse plenamente sino fuera por este mal ejemplo atroz y repugnante.
A la vez, están los medios que se dedican a difundir los escándalos, de tal modo que no hacen sino propagar el mal.

El texto de Marcos que hemos leído, está también en Mateo y Lucas.
Y en este último Jesús agrega: "Es imposible que no vengan escándalos, pero ¡ay de aquél por quien vienen!" (Lc 17,1).
De allí la dureza del Señor: "más le valiera que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y le hundan en lo profundo del mar".
El lenguaje es gráfico, y por supuesto no indica hacer eso concretamente, como tampoco cortarse la mano, el pie, o sacarse el ojo, si son ocasión de pecado.
La comparación está hecha sobre un principio de ley natural: hay que sacrificar la parte por el todo.
Y se alerta sobre la gravedad del escándalo en relación al verdadero castigo que tendría que ser el mismo infierno.

San Beda el Venerable (s VII) dice que Jesús habla como era costumbre en Palestina, porque los mayores crímenes entre los judíos se castigaban así, atando una piedra al cuello y arrojando al fondo del mar; y que en realidad sería mucho mejor sufrir esta pena, y no la muerte eterna.
Y San Juan Crisóstomo dice: "Si la salvación de una sola alma no fuese para Jesús de tanta importancia, no amenazaría con un castigo tan grande a quienes escandalizan".
Por eso dice "más le valdría"... ahogarse, o perder una mano, o un pie o un ojo, que condenarse.

En el texto que leemos la palabra "infierno" está traduciendo la palabra original que es "la gehena de fuego".
La gehena era para los judíos el lugar y castigo de los pecados.
Designaba el "valle de Hinnón", en arameo "gehenna". Era un lugar de Jerusalén que se extendía de noroeste a sudoeste, en el que se cometieron grandes idolatrías.
En tiempos del rey Acaz (730 antes de Cristo) y del rey Manasés (690 antes de Cristo) se habían quemado niños al dios Moloc, según el atroz rito pagano.
Para hacer aquel lugar impuro para siempre, el rey Josías (640 antes de Cristo) lo había hecho llenar con inmundicias, para profanarlo a propósito, y un fuego que se mantenía siempre encendido quemaba constantemente detritus y basuras.
El profeta Isaías pone la imagen de los cadáveres de los impíos arrojados allí, parte descompuestos y comidos por "el gusano que nunca morirá" y parte quemados en el fuego de la gehenna, "cuyo fuego no se apagará", dice (Is 66,24).
Todo esto pasó al Evangelio, donde la gehenna vino a ser el símbolo del infierno de los condenados.
La gehena es el lugar que Jesús indica para los que escandalizan a los pequeños, y "pequeños" no se refiere sólo a los niños, sino que es una expresión que designa a los humildes, a los mismos discípulos de Cristo que creen en El con sencillez y humildad.
Es lo que ocurre con las víctimas de abusos, niños y jóvenes, pero también adultos, y escandalizan a los fieles en general, a los discípulos de Cristo que vivimos en su Iglesia.
La moral católica dice que el causante del escándalo está obligado a reparar el daño ocasionado al prójimo escandalizado.
Muchas veces es casi irreparable.

Así como pedimos en el Padre Nuestro "no nos dejes caer en la tentación", debemos pedir no ser nosotros los que tentamos a otros para que caigan.
Y al pedir después "líbranos del mal", del mal que nos puede venir, también debemos pedir ser librados de promover el mal en los demás.
En realidad la traducción literal es "líbranos del Malo", y entonces pedimos también no ser nosotros aliados del Malo.
El escándalo es en verdad una obra diabólica a la que sólo puede corresponder el infierno.
De hecho, el escándalo convierte ya mismo el mundo en un infierno anticipado.

Entonces, si con la caridad acercamos las almas a Dios, con el escándalo logramos todo lo contrario.
Pidamos que impere en nuestros corazones, pensamientos, palabras y acciones, la caridad cristiana, el amor a Dios y al prójimo.
Al mal se lo vence con el bien.
Al vicio con la virtud. Al escándalo con una vida santa.
Al diablo con la presencia de Cristo en nosotros.