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Nos visito LA RELIQUIA DEL PADRE PÍO (Dom. 25)
Martes 25 Sep 2018 | 09:44 am
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Jesús insiste en decirles a los apóstoles, como el domingo pasado, que "va a ser entregado en manos de los hombres", y que "lo matarán".
Los discípulos no entendían, dice el texto. Más aún, en el camino discutían sobre quién era el más grande entre ellos.
Es decir, Jesús les hablaba de la cruz, del abajamiento que iba a sufrir, y ellos pensaban cómo iban a subir.
La respuesta de Jesús es inmediata: "el que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos".
Lo que está detrás de todo esto es la humildad enfrentando al orgullo.
Es la batalla más grande y profunda que vivimos los seres humanos.
El orgullo fue el pecado original, y de allí surgieron y surgen todos los demás pecados y la muerte eterna.
El remedio es la humildad, y de ella surgen todas las virtudes y la vida eterna.
El orgullo es el fundamento del infierno, y la humildad el fundamento del cielo.
El diablo predicará hasta el fin el orgullo, el camino ancho que lleva a la perdición, y Cristo predicará hasta el fin la humildad, la senda angosta que lleva a la salvación.

La paradoja que los ojos mundanos nunca descubren es que el orgullo, que se alimenta de la mentira, termina en el fracaso final, mientras que la humildad, que se alimenta de la verdad, termina en el éxito final.
Jesús cumplió esto en Sí mismo.
Se humilló hasta la muerte de Cruz, y por eso fue exaltado, elevado a la gloria de la Resurrección.
Jesús es la humildad en persona: Dios hecho hombre.
Y así nos enseñó que la paradoja de la santidad es esta: se sube…bajando.

La Reliquia


Hoy conmemoramos al Padre Pío, un santo que siguió humildemente a Cristo hasta la cruz.
Y representa esa paradoja de la santidad que el mundo no capta: su grandeza y fama universal supera la que los orgullosos pretenden conseguir, y crece con el tiempo.
Es un don de Dios recibir esta reliquia suya el día en que se cumplen 50 años de su muerte, es decir, de su entrada en el cielo, una realidad que fue proclamada por la Iglesia cuando San Juan Pablo II lo canonizó en 2002, ante aquella multitud jamás vista en Roma y que no ha sido superada.
Se trata de un guante suyo, uno de esos "mitones" que usaba para cubrir y proteger las llagas de sus manos.
¿Qué nos indica, de qué nos habla? De la vida dolorosa del Padre Pío, de su unión total con Cristo crucificado.
Precisamente el jueves pasado, 20 de septiembre se cumplieron los 100 años de la aparición de los estigmas en sus manos, pies y costado.
Los llevó 50 años, hasta poco antes de su muerte, que hoy conmemoramos.
Fue el único sacerdote estigmatizado de la historia de la Iglesia.
Sus misas eran cada día el signo visible del sacrificio de Cristo en la cruz.
La última la celebró al cumplirse, precisamente el 50 aniversario de las llagas (está filmada). Murió tres días después.
Hoy entonces celebramos a la vez los 100 de la aparición de las llagas y los 50 de su muerte.

La vida de este gran sacerdote es muy significativa para nuestro tiempo.
Desde muy niño tuvo experiencias extraordinarias.
A los cinco años se le apareció el Sagrado Corazón de Jesús.
Francisco, que así se llamaba, se ofreció como víctima.
Empezó a tener también apariciones de la Virgen María y de su Ángel de la guarda, que durarían toda su vida.
Pero también comenzó el demonio a torturarlo. Amigos y vecinos le veían peleando como si fuera con su propia sombra.
Estas luchas continuarían toda su vida, cada vez más fuertes.
También de niño se pasaba horas en la iglesia después de Misa.
Entró a los 15 años a la orden de los franciscanos.
El nombre religioso fue desde entonces fray Pío, en honor del papa San Pío V. El día antes tuvo una visión de Jesús y de la Virgen y pudo ver las grandes luchas que le esperaban con el demonio.
Como fraile no sólo hacía las penitencias mandadas por la regla.
Una vez se alimentó únicamente de la Eucaristía durante 20 días.
Todo lo ofrecía con Jesús por la salvación de las almas.

Fue ordenado sacerdote en 1910; y escribió esta oración: "Te pido que hagas de mí un sacerdote santo y una víctima perfecta".
Es decir, como Cristo, Sacerdote que ofrece y Víctima ofrecida.
Durante el primer año tuvo los primeros síntomas de los estigmas: en medio de las manos y en los pies apareció una mancha roja y un intenso dolor.
El demonio solía aparecérsele de distintas maneras, aterradoras, violentas, amenazantes, impuras, o incluso como ángel de luz.
Pero luego era consolado con éxtasis y apariciones de Jesús, de la Virgen, del Ángel de la guarda, de San Francisco, y otros santos.
Cayó enfermo y tuvo que volver a su pueblo natal. Pero para mejorar su salud fue enviado a San Giovanni Rotondo Allí permaneció 52 años, hasta su muerte.
Poco tiempo después de llegar recibió la gracia extraordinaria de la "transverberación": estaba confesando, y vio un ángel que llevaba como una lanza con punta aguda de donde salía fuego y se la lanzó: "Desde ese día siento una gran aflicción y una herida en mi alma que está siempre abierta y me causa agonía".

Pero lo más notable ocurrió el 20 de septiembre de 1918. "Estaba en el coro haciendo la acción de gracias de la Misa…y de pronto una gran luz me deslumbró y se me apareció Cristo que sangraba por todas partes.
De su cuerpo llagado salían rayos de luz que parecía flechas que herían los pies, las manos y el costado.
Cuando volví en mí, me encontré en el suelo y llagado.
Las manos, los pies y el costado me sangraban y me dolían…Me sentía morir…a gatas me arrastre hasta la celda.
Me recosté y recé, miré otras vez mis llagas y lloré, elevando himnos de agradecimiento a Dios".

Comenzó luego el desfile ininterrumpido de médicos y visitadores eclesiásticos.
Las acusaciones del obispo de lugar y sacerdotes del pueblo causan sospechas en el Santo Oficio de Roma, que le prohíbe celebrar Misa en público, y pasa varios años aislado en las paredes del convento, con varias amenazas de traslado, que no ocurrió por las manifestaciones y tumultos de fieles frente al convento.
El Padre Pío obedeció en todo.
En 1931 volvió a celebrar en público la Misa, y continuó con las confesiones, mañana y tarde, el lugar privilegiado para la salvación del pecado, de los consejos, con el don de leer las almas y conocer sus pecados y situaciones aunque no se los dijeran.
Sería interminable relatar los cientos de milagros de curación, incluso a distancia, y las bilocaciones hasta miles de kilómetros, cuando jamás salió del convento.
Pero no sólo curó cuerpos sino almas: fueron cientos las conversiones, incluso por carta.
De todas partes del mundo, miles acudían para besarle las manos, confesarse con él y asistir a sus Misas.
Misas y confesiones fueron su vida pastoral como sacerdote. Nos señala hoy la urgencia de volver a la práctica de la confesión frecuente, muy perdida ya.
Allí nacieron los muchísimos hijos espirituales del Padre Pío.
Por otro lado, veía el pasado y el futuro de personas que conocía por primera vez.
A Juan Pablo II, que lo fue visitar cuando era un joven sacerdote le dijo que iba a ser papa.

A pesar de los permanentes dolores de sus llagas, y las dificultades externas que lo rodearon, tenía un carácter alegre, típicamente italiano, era chistoso.
Una vez un paisano del Padre Pío tenía un fuertísimo dolor de muelas.
Como el dolor no lo dejaba tranquilo su esposa le dijo: "¿Por qué no rezas al Padre Pío para que te quite el dolor de muelas?? Mira aquí está su foto, rézale".
El hombre se enojó y gritó furibundo: "¡¿Con el dolor que tengo quieres que me ponga a rezar?!".
Inmediatamente agarró un zapato y lo lanzó con todas sus fuerzas contra la foto del Padre Pío.
Algunos meses más tarde su esposa lo convenció de irse a confesar con el Padre Pío a San Giovanni Rotondo.
Se arrodilló en el confesionario del Padre y, luego de decir todos los pecados que se acordaba, el Padre le dijo:
"¿Qué más recuerdas?" "Nada más", contestó el hombre.
"¿¿Nada más?? ¡¿Y qué hay del zapatazo que me diste en plena cara?!"

Otra anécdota. Una señora sufría de tan terribles jaquecas que decidió poner una foto del Padre Pío debajo de su almohada con la esperanza de que el dolor desaparecería.
Después de varias semanas el dolor de cabeza persistía y entonces su temperamento italiano la hizo exclamar fuera de sí: -"Mira Padre Pío, como no has querido quitarme la jaqueca te pondré debajo del colchón como castigo".
Y lo puso. A los pocos meses fue a San Giovanni Rotondo a confesarse con el padre.
Apenas se arrodilló en el confesionario, el padre la miró fijamente y cerró la puertita del confesionario con un golpe.
La mujer quedó petrificada con semejante reacción y no pudo articular palabra.
Al poco tiempo se abrió nuevamente la puertita y el padre le dijo sonriente: "No te gustó ¿verdad? ¡Pues a mí tampoco me gustó que me pusieras debajo del colchón!".
La alegría, y el humor mismo han sido siempre característicos de los santos. "Un santo triste es un triste santo", decía Santa Teresa.

El Padre Pío fundó los "grupos de oración".
Decía: "Yo invito a las almas a orar y esto ciertamente fastidia a Satanás".
Sus consejos eran: "Reza, espera, y no te preocupes", y también: "¡Piensa siempre que Dios lo ve todo!"; "El demonio es como un perro rabioso atado a la cadena; no puede herir a nadie más allá de lo que le permite la cadena.
Mantente, pues, lejos. Si te acercas demasiado, te atrapará"; "El sufrimiento de los males físicos y morales es la ofrenda más digna que puedes hacer a aquel que nos ha salvado sufriendo."
Junto al convento, donde curaba las almas y a veces los cuerpos milagrosamente, levantó la "Casa Alivio del Sufrimiento", con la bendición del papa Pío XII.
Es hasta hoy uno de los hospitales más importantes de Italia.
Es bueno hoy ver su reliquia junto a la imagen de la Virgen de Fátima, a la que le tenía especial devoción, y que lo curó de pleuritis cuando llegó la estatua peregrina a San Giovanni Rotondo.
Decía el Padre Pío: "Mi pasado, Señor, lo confío a tu misericordia, mi presente a tu amor, mi futuro a tu providencia".
En la cripta del convento está su cuerpo incorrupto, visitado por una multitud de peregrinos que alcanzan a 6 millones por año.

Hay que leer personalmente su vida, sus escritos, sus sabios consejos.
Fue una vida absolutamente singular, que la Providencia divina, que el mismo Jesús y la Virgen, nos han querido ofrecer en estos tiempos de pérdida de la fe, del sentido del pecado, de la existencia del demonio, de la necesidad del arrepentimiento, de la penitencia, de la conversión, de la oración.
El Padre Pío nos indica, por encima de todo el valor insustituible de la Misa, de la Adoración Eucarística, y del rezo del Santo Rosario.
Es lo que hay que hacer, en primer lugar.
Pidamos por los enfermos para que sepan unir su dolor a los sufrimientos de Cristo, y si es su voluntad sean curados.
Y también por los enfermos del alma, que están más alejados de Dios.
Pidamos por los sacerdotes, para que nos dediquemos a lo esencial y seamos fieles hasta la muerte.
Oremos también por las vocaciones sacerdotales, para que muchos oigan el llamado y respondan con generosidad,…como el Padre Pío.

Murió a las 2.30 de la madrugada del 23 de septiembre de 1968, mientras repetía: "Jesús, María, Jesús, María".
Pidamos todos, por su intercesión, un amor intenso a Jesús y a María, la fuerza para luchar contra el Maligno, la alegría de la fe, la esperanza sin límites, y la caridad siempre activa.
Y los jóvenes, sean santos lo más rápido posible, en estos tiempos donde todo es rápido. No le des más vueltas.

Novena a San Pío de Pietrelcina

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