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¿En Caída Libre? (Dom. 24)
Jueves 20 Sep 2018 | 03:41 am
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El evangelio nos presenta al Señor en diálogo con Simón Pedro, que primero confiesa la identidad de Jesús, hombre y Dios.
Pero luego, cuando Jesús predice su muerte y su resurrección, responde rechazando la perspectiva de la muerte de Jesús.
Es verdad que estaba influenciado por el medio ambiente judío general, que esperaba un Mesías triunfante, un caudillo que liberara a Israel del poder romano.
No estaba presente la idea de un Mesías sufriente, y menos aún que muriera crucificado.

Pero Jesús insiste, y aplica este plan también a los apóstoles y a todos, inmediatamente:
"El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue su cruz y sígame".
Es decir, que es el plan para toda la Iglesia, hasta el fin del mundo: seguirlo hasta el Calvario.
Y se cumplió realmente en las persecuciones que sufrió la Iglesia al comienzo, con miles de mártires, entre ellos Pedro y los demás apóstoles que estaban escuchando estas palabras de Jesús. Y sigue cumpliéndose.
Pero no son sólo peligros externos a la Iglesia, sino que han surgido también dentro de la Iglesia. Después de las persecuciones de los primeros tres siglos aparecieron las herejías y controversias internas.
Y así se han sucedido en todas las épocas. El Islam sigue siendo una amenaza externa, especialmente para Europa, como hemos recordado hace pocos días en la fiesta del Dulce Nombre de María, advocación que el papa agregó en 1683 cuando los cristianos lograron frenar la invasión musulmana de los turcos a las puertas de Viena. Y hoy asistimos también a una invasión interna en el mismo seno de la Iglesia: la pérdida progresiva de la fe y por tanto del modo de vida y costumbres morales. Y lo más sorprendente es la velocidad con la que ocurre, sin precedentes. Lo que durante dos mil años ocurría al paso lento de la historia, en pueblos y ciudades de todo el mundo, ahora se difunde instantáneamente en la "aldea global" gracias a la tecnología de las comunicaciones.

Es como un cuerpo en caída libre, que según las leyes físicas de gravedad cae cada vez más rápido, es decir, con aceleración. Las fórmulas y las experimentaciones son muchísimas e interesantes. Las hacen personajes que se tiran desde la estratósfera sin abrir todavía el paracaídas y pasan la barrera del sonido. Pero si aplicamos estas cosas al espacio y al tiempo del alma humana, la caída libre del pecado original fue más impresionante, porque ocurrió desde la altura de la unión con Dios, de un estado sobrenatural a un estado de naturaleza “caída”, precisamente. Y fue a una velocidad supersónica. Cualquiera de nosotros sabe por experiencia cómo podemos pasar de estar en gracia a estar en pecado.
La velocidad depende de nuestra voluntad, de la resistencia que pongamos, como pasa con la atmósfera al caer el cuerpo.
Pero cuanta menos resistencia ponemos más rápido caemos, hasta estrellarnos contra el suelo.
Esto mismo puede pasar, y está pasando, con toda una sociedad cristiana, católica, en todo el mundo.
La ley de gravedad es inexorable, nos empuja hacia abajo, "hacia abajo" en un sentido preciso, "ad ínferos", al infierno, contrario al impulso que Jesús quiere darnos para hacernos subir al cielo.

La caída de Pedro en el diálogo de hoy con Jesús es un ejemplo tremendo.
Pasó de confesar la verdad sobre Jesús a rechazarla allí mismo, pasó de tener los "pensamientos de Dios", a tener los "pensamientos de los hombres".
Cayó del cielo al suelo. Dejó de ser Pedro para ser sólo Simón.
Se convierte en pocos segundos, velozmente, de Santo en Satanás, como lo llama Jesús mismo.
Y es interesante que ninguno de los evangelistas disimule esto, que se va a repetir precisamente durante la pasión de Jesús, ante la cual lo negó en público tres veces.
Si esto le pasó a Pedro, la caída libre, moral y religiosa, es posible para todos.

¿Es posible para toda la Iglesia? Jesús mismo pregunta: "Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?" (Lc 18,8).
Y describe la situación de la Iglesia al final: "Vendrán muchos usurpando mi nombre…y engañarán a muchos…Habrá entonces una gran tribulación, cual no la hubo desde el principio del mundo hasta el presente ni volverá a haberla". (Mt 24, 5-22).
San Pablo agrega: "Primero tiene que venir la apostasía…La venida del Impío estará señalada por el influjo de Satanás, con toda clase de milagros, señales, prodigios engañosos, y todo tipo de maldades que seducirán a los que se han de condenar por no haber aceptado el amor de la verdad que les hubiera salvado" (2 Tes 2, 3-10).
El mismo San Pedro advierte en sus cartas: "No os extrañéis del fuego que ha prendido en medio de vosotros para probaros". "Habrá entre vosotros falsos maestros que introducirán herejías perniciosas…
Muchos seguirán su libertinaje y, por causa de ellos, el Camino de la verdad será difamado" (1 Pe 4,12; 2 Pe 2, 1-2).
Lo demás está en el libro del Apocalipsis.



El Catecismo enseña bajo el título "La última prueba de la Iglesia" (nº 675-677):
"Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes".
La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra desvelará el "misterio de iniquidad" bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne. La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal.
El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa.

Este texto ha sido citado hace poco por el Cardenal Eijk, arzobispo de Utrech, Países Bajos, en una declaración valiente sobre algunas cosas que están sucediendo en la Iglesia.
Efectivamente, se puede advertir, sin exagerar, que asistimos a una apostasía de la fe acelerada.
Y el Catecismo dice que no habrá un "proceso creciente" que lleve a un "triunfo histórico" de la Iglesia, sino que "seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección". Es decir, lo que hoy le dice Jesús a Pedro, y a todos. La victoria la dará Jesús mismo. Él pondrá su mano para parar la caída libre y vencer la ley de gravedad del pecado y de la muerte que viene del demonio. Más aun, revertirá el movimiento hacia arriba para cumplir el plan original.

Lo nuestro, con la ayuda de su gracia, es hacer resistencia a esa caída libre, a esa "decadencia".
El esfuerzo es sobrehumano, y sin Jesús no podemos frenarnos ni ayudar a los demás a no seguir cayendo.
Esta fuerza decadente la hemos vivido de cerca hace poco con el aborto y ahora se va a acelerar con la llamada "educación sexual integral", basada en la "ideología de género", el último invento diabólico contra la creación de Dios.
Ni qué decir, si sumamos el escándalo de la “mafia lavanda” en el clero. Pero, a mayor caída y velocidad, mayor resistencia con la fuerza de lo Alto.
Y con la fe en esa promesa de Jesús, cuando en la misma escena del evangelio de hoy le dijo a Pedro que las "puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia" (Mt 16,18), que no habrá una caída libre sin parar hasta estrellarse contra el suelo. No podemos decir en qué punto de esa caída estamos. La velocidad parece crecer. Pero vuelvo a la misma cita de Newman de hace dos domingos: "La Iglesia Católica presenta una continua historia de caídas aterradoras y de recuperaciones extrañas y victoriosas".
Esto es verdad, sea la actual una prueba más o sea la última.