Ir a: Lecturas del Día (Página apta para celulares)
Lectura/s, Salmo/s y Evangelio, (Se puede seleccionar el día). También esta disponible la Liturgia de las Horas. (Se puede seleccionar fecha a ver)...
bienaventurados.com.ar
La Humanidad Sordomuda (Dom. 23)
Miercoles 12 Sep 2018 | 02:49 am
:
   
En la primera lectura hemos oído que el profeta Isaías anuncia milagros para los tiempos del Mesías. Jesús los hizo. Y no son solo curaciones corporales sino “signos”.
Los milagros de Jesús fueron “lecciones”. Habló con hechos, no sólo con palabras.
Son parábolas en acción.

Hoy tenemos al sordo y mudo: la sordera causa la mudez.
En la actualidad parece que algo puede curarse, pero en la época de Jesús no.

Miremos lo que hizo.
Primero lo lleva aparte de la gente, es decir, lo prepara.
Luego mira al cielo: lo que va a hacer no es magia ni curanderismo, es una gracia.
Luego vienen los hechos externos: le puso los dedos en las orejas, mientras dice la palabra effatá: ábrete.
Y luego le tocó la lengua con su saliva.

Es decir, gestos y palabras que produjeron la curación, así como todos los sacramentos que instituyó tienen una parte material, como el agua en el bautismo, y palabras que se dicen y son eficaces para producir la gracia.

Pero, ¿cuál fue aquí esa gracia, es decir, el significado profundo del milagro?
Son los dedos y la saliva de Jesús mismo los que tocan oídos y lengua.

Jesús es el Hijo del Padre, es la Palabra eterna del Padre que ha venido a salvarnos.

Habla y quiere que le escuchemos. Y también quiere que hablemos de Él.
Pone Su Palabra en nuestros oídos y luego en nuestra lengua.
El milagro lo realiza entonces en vistas de la fe de aquel hombre, y de todos los hombres. Quiere que escuchemos lo que dice y lo creamos: la fe es respuesta a la Palabra de Dios.
Y quiere que esa fe la podamos proclamar con la lengua, respondiéndole a Él y a la vez diciéndolo al mundo.

Como dice San Pablo: “La fe viene por el oir, y la audición por la Palabra de Cristo”, y se pregunta “¿Cómo creerán en aquel de quien no oyeron? ¿Y cómo oirán sin haber quien predique?” (Rom 10, 14.17).
En efecto, Dios habló primero por los profetas, luego directamente al encarnarse en Jesús, y luego a través de la Iglesia que lo predica.
Pero ¿por qué es todo esto? Porque el pecado original nos dejó sordos (a la voz de Dios) y mudos (para proclamar a Dios). Por eso el profeta Isaías anuncia hoy que cuando venga el Mesías “se destaparán los oídos de los sordos…y la lengua de los mundos gritará de júbilo”.

El milagro que hizo Jesús significa esto, y no se trataba de aquel sordomudo y nada más, sino de toda la humanidad.
Se trata de mí.

Dios nos abre los odios y nos desata la lengua: escuchar y luego hablar.
Es lo que hace el niño que escucha la voz de sus padres y luego aprende a hablar imitando. Y al crecer sigue diciendo lo que escucha en casa.
Pero aquí se trata de lo que me dice Jesús, desde niño, y después de joven, y de adulto.
Los cristianos hemos sido curados de esta sordera y mudez al principio de nuestras vidas. En el Bautismo, después de la vestidura blanca, y la entrega de la vela bautismal al padrino, el sacerdote hace una oración tocando con el pulgar las orejas y la boca del niño, diciendo: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te permita, muy pronto, escuchar su Palabra y profesar la fe para gloria y alabanza de Dios Padre”.

No sé por qué se suprime a veces este rito.

Luego, en todos los demás sacramentos, escuchamos la Palabra de Dios y respondemos a ella.
En Misa lo hacemos todo el tiempo. Y no es un diálogo con el sacerdote, sino con Cristo mismo.
Él habla y nuestra lengua contesta: se llama, precisamente, “responsorio”.
Por ejemplo, al final del Evangelio se dice: “Palabra del Señor”, y todos responden: “Gloria a ti Señor Jesús”.
O después de la consagración: “Este es el misterio de la fe”, y responden: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ver Señor Jesús”.
O al comulgar: “El Cuerpo de Cristo”, y cada uno responde “Amén”.
Y al terminar: “Podéis ir en paz”, y responden: “Demos gracias a Dios”.

Pero en definitiva, toda la vida es litúrgica, es escuchar a Cristo y responder. Responder con palabras y con hechos. Y también predicar a Cristo en voz alta.

Por supuesto, esto exige fidelidad a lo que se ha escuchado, si es que se ha escuchado y se ha entendido. Porque escuchar es atender al que habla. Aquí se trata de prestar atención a Cristo, aprender, y luego responder y poder enseñar a su vez.

Humanamente es lo que hacemos en casa como niños y luego como padres. Es lo que hacemos en el colegio como alumnos y luego como docentes o profesionales.
Es lo que hace cualquiera para aprender un oficio, el campesino, el albañil.
Pero hoy estamos en un mundo donde falta atención. La distracción y el desinterés crecen. Las mentes y la memoria están saturadas de palabras e imágenes.
No hay verdadera asimilación de lo que se escucha. Atender el celular es lo que queda.

El esfuerzo de los padres es cada vez mayor para lograr que sus hijos escuchen. Y entre adultos pasa lo mismo.
En una sociedad así, todos hablan pero casi nadie escucha. Hay un diálogo de sordos generalizado.
En la política ni digamos. Lástima que no sea un diálogo de mudos: tendríamos un poco de silencio al menos.
La verdad es que muchas veces es preferible no escuchar, como dice el refrán: “a palabras necias, oídos sordos”.
Pero lo grave es cuando no se trata de palabras necias, sino “sabias”, cuando estamos ante la Palabra de Dios, ante Jesús. Es cada vez más difícil hablar de Jesús a un mundo ensordecido.

Siempre será un buen examen de conciencia preguntarse ¿a quién escucho yo?, ¿con quién hablo?, y ¿de qué hablo? ¿Lo escucho a Él y le respondo?, ¿hablo con Él?, ¿de qué?

En verdad nos ha creado para entablar un diálogo profundo, entre Creador y creatura, entre Padre e hijo, entre Salvador y salvado.
Él a su vez nos escucha, nos atiende. Somos nosotros los que vivimos como esos jóvenes que van con los audífonos por la calle, ausentes de la realidad, aislados de todo. Es verdad que el ruido del mundo aturde, pero no hay que taparlo con más ruido, aunque sea música. Lo que hay que hacer es silencio, buscar el silencio en el lugar que sea, para poder escuchar, en primer lugar a Jesús, a nuestro Dios.

El que sabe escuchar y hablar con Jesús, sabe escuchar y hablar con los demás. De otro modo, se multiplicará el diálogo de sordos, hablar de cualquier cosa, hablar cuando se debe callar o callar cuando se debe hablar.
Jesús le abrió los oídos y le soltó la lengua al sordomudo, para que escuchara lo bueno y para que hablara de lo bueno.
Examinar acerca de lo que hablo es un buen termómetro para saber quién soy.
Como dice Jesús: “El hombre bueno saca el bien del buen tesoro que tiene en su corazón; mas el hombre malo, de su propia maldad saca el mal; porque la boca habla de lo que rebosa el corazón” (Lc 6, 45).
Hay que purificar, entonces, el corazón. Si no es así, la lengua que tocó Jesús en el bautismo, se volverá a contaminar, y ocurrirá lo que dice Santiago en su carta: “La lengua es fuego, es un mundo de iniquidad… es un mar turbulento, está llena de veneno mortífero.
Con ella bendecimos al Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, hechos a imagen de Dios; de una misma boca proceden la bendición y la maldición.
Esto, hermanos míos no debe ser así” (St 3, 3-10).
Pero además de bendecir y maldecir, esto es, decir bien y decir mal sobre los demás, están también las buenas palabras y las malas palabras. Las malas palabras están a la orden del día, incluso en el periodismo, incluso entre gente que se supone educada, como si fuera una moda que queda bien.
Las aprenden los niños. Y esto no es solo decadencia cultural, sino moral y religiosa. San Pablo dice: “Que no salga de vuestra boca palabra desedificante” (Ef 4,29). ¿Qué dicen, de qué hablan, y cómo hablan los padres delante de sus hijos? ¿Qué digo, de qué hablo y cómo hablo en el trabajo, o entre amigos?

Hay que educar el lenguaje. Pero no sólo el lenguaje exterior, sino el lenguaje interior.
Se trata de educarnos en primer lugar en el lenguaje de Dios, en su Palabra, y al escucharlo y responder en esos mismos términos podremos también educar y hablar con los demás en esos términos. Habremos dejado de ser sordos ante lo más importante y mudos de lo más importante.

Quizá hoy estemos ante la última oportunidad. El diablo se empeña como nunca en tapar los oídos y confundir las lenguas. Pero comencemos, cada uno, por escuchar a Jesús. Y respondámosle cuando nos llame, como el profeta: “Aquí estoy Señor, habla que tu siervo escucha” (1 Sam 3,1).

Entonces nos curará también la mudez, y nos enviará a hablar de Él al mundo sordomudo. Pero tiene que ser…hoy mismo.