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HIPOCRESÍA RELIGIOSA Y MORAL (Dom. 22)
Jueves 6 Sep 2018 | 17:25 pm
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Había en el judaísmo 613 preceptos.
Además de la Ley escrita, estaba esta ley de tradición oral, que la atribuían también a Moisés, y que se había engrosado a través del tiempo, con las enseñanzas de los rabinos.
Es extraño, porque hoy leemos en la primera lectura que Moisés le dijo al pueblo: “No añadan ni quiten nada de lo que yo les ordeno.
Observen los mandamientos del Señor, tal como yo se los prescribo”.
El lavado de las manos, que aparece hoy en el evangelio, era uno de esos preceptos agregados.
Era necesario que se vertiese agua sobre las dos manos.
Si se hacía primero sobre una, había que tener cuidado que la mano purificada no se hiciese impura tocando a la otra antes de estar purificada.
La mano que no hubiese sido lavada hasta la muñeca no estaba purificada.
Como el agua que se vertía sobre una mano quedaba impura al tocar la mano, había que volver a verter más agua que purificase las gotas impuras que hubiesen quedado…
Alguna sentencia rabínica decía: “Si alguno come pan sin lavarse las manos, es como si fuese a casa de una mujer de mal vivir”.
Había también muchas otras purificaciones y abluciones, como también indica el evangelio.

En verdad, era una religiosidad que cubría como una tela de araña todos los actos humanos, una serie de trampas que hacían la religión insoportable y odiosa.
Jesús mismo, en otro pasaje del evangelio, les dice a los fariseos: “Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los otros” (Mt 23,49).
Y en el pasaje de hoy les dice: “las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos”.
Ya lo había dicho el profeta Isaías varios siglos antes, es decir que seguían igual.
Se los dice aún más claro: “ustedes han dejado de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres”.
La tradición eran estos 613 preceptos, pero no cumplían la gran Tradición que provenía de Dios mismo, expresada en los 10 mandamientos.
Las diatribas de Jesús son terribles: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del aneto y del comino, y descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! Esto es lo que había que practicar sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello!” (Mt 23, 23-24)

Pero además los acusa, en otro pasaje del evangelio, porque “dicen y no hacen” (Mt 23,3). Es decir que estos fariseos enseñaban todos estos preceptos rituales, pero ellos mismos no los cumplían, y destruían con su mal ejemplo lo que enseñaban con autoridad oficial. La acusación que les lanza Jesús es “hipócritas”. La palabra viene del griego hypo que significa "máscara" y crytes que significa "respuesta", es decir, "responder con máscaras". Es la actitud de fingir, sean creencias, sentimientos o cualidades, que no se tienen. Es un tipo de mentira o pantalla de reputación. A esto se ha llamado desde entonces “fariseísmo”.

Era una religiosidad puramente externa. Por eso Jesús les dice hoy, citando también al profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. Y la consecuencia de ese ritualismo vacío era que el pecado consistía en el incumplimiento de esos preceptos rituales, cuando en realidad, como les dice Jesús, “es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen…” y da una lista de pecados: “fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, avaricia, maldad, engaños, deshonestidades, envidias, difamación, orgullo, desatino”. Son pecados que se manifiestan externamente, pero que han nacido en el interior del corazón. Esto es lo que hay que purificar primero, antes que las manos y todo lo demás. Jesús no está condenando los ritos externos, sino haberlos separado de una auténtica interioridad religiosa. Es la relación entre actos externos y actos internos. La religiosidad puramente externa estaba en todas las religiones antiguas. También ha existido una moralidad externa que no corresponde a la verdadera. Es esa hipocresía religiosa o moral, el fingir ante los demás, con la necedad de pensar que se puede engañar a Dios. Pero dice la Escritura: “La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón” (1 Sam 16,7).

También los cristianos podemos caer en un ritualismo vacío que puede ahogar la fe, y la solución no es caer en el extremo opuesto de un espiritualismo enemigo de todo rito externo. Se trata de la relación entre pensamiento y palabras, intención y acción, signos verdaderos y falsos, virtudes reales y aparentes. Hay un fingimiento de santidad, al que Jesús se refiere cuando rechaza esa oración, ese ayuno y esa limosna, hechos para ser vistos (Mt 6, 1-18). Y este mismo fingimiento de virtud, que es un pecado, incluye el ocultamiento de los pecados, y la desidia para corregirlos. La llamada “moral victoriana”, que Newman fustiga en sus sermones, era ese recurso social de ocultar el vicio con buenos modales y bien vestir. Y es lo que Jesús mismo condena severamente en el evangelio: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! Así también vosotros, por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad!” (Mt 23, 27-28).

Lamentablemente, parece que hoy asistimos y con dolor a esta situación en el interior de la Iglesia. Sacerdotes, obispos y aún cardenales, están acusados de esta hipocresía y de este fingimiento de virtud, cuando puertas adentro han llevado una vida depravada, y otros están acusados de ocultamiento cuando deberían haber curado efectivamente estos males. También es hipocresía farisaica conformarse con discursos y declaraciones sin actuar en concreto. Y también son reacciones hipócritas las de aquellos que en vez de comprobar la verdad de los hechos critican a quienes los señalan. El escándalo es enorme, y está en juego la credibilidad de la Iglesia.

Es una obra satánica que está a la vista de cualquiera que tenga una mirada de fe, es decir, que vaya más allá de los hechos, ya probados o por probar. Haber podido introducir la cultura homosexual, nacida y difundida en el mundo, en las vidas de hombres consagrados a Dios precisamente para salvar ese mundo, significa haber sabido colocar una bomba en los mismos cimientos del sacerdocio católico. De modo similar ha sido colocada en los cimientos del matrimonio y la familia. Pero no se trata aquí de un ritualismo externo al modo farisaico, sino de un ritual directamente satánico celebrado entre las sombras. Sepulcros blanqueados. La estrategia satánica es clara: sabe tentar al pecado, luego sugiere su ocultamiento, y finalmente colabora en destapar todo, no para remediar el mal sino para difundirlo.

Pero por mucho que quiera mostrarse escandalizado, no es el mundo el que puede corregir este mal, porque en realidad es el que lo produce constantemente, y es a ese mundo al cual estos hombres consagrados le abrieron la puerta en sus vidas. Tampoco pueden corregirlo los medios, que sólo señalan el mal cometido, y lo difunden, pero confunden con análisis insuficientes o equivocados, que provienen también del mundo. Tampoco bastará la justicia humana, que por supuesto debe intervenir, porque sólo puede castigar el delito e indemnizar a las víctimas. Solamente el Señor y la intercesión de su Madre Santísima pueden curar de raíz estos corazones corrompidos, e iluminar el camino para que los demás no pierdan la fe y la esperanza. La Iglesia de Cristo posee los medios para salvar a los pecadores, incluidas las penas canónicas correspondientes. Y no lo hace para responder a los reclamos del mundo, sino para santificar a sus miembros y ser en sí misma argumento de credibilidad y sacramento de salvación. En la segunda lectura de hoy, nos dice Santiago en su carta que “la religiosidad pura y sin mancha delante de Dios…consiste en no contaminarse con el mundo”. Aquí ha habido una contaminación, que exige conversión y reparación, y debe ser ocasión para purificar una vez más a todos los miembros de la Iglesia, especialmente a sus pastores.

La estrategia del diablo y del mundo es asombrosa, pero más poderosa es la de Jesucristo. Para citar a Newman: “La Iglesia Católica presenta una continua historia de caídas aterradoras y de recuperaciones extrañas y victoriosas. Tenemos una serie de catástrofes, cada una distinta de las otras, y esa diversidad es la garantía de que la prueba actual, aunque diferente de las anteriores, será superada también en el buen tiempo de Dios”. “La Iglesia siempre pareció estar muriendo pero triunfó frente a todos los cálculos humanos”. “La regla de la Providencia de Dios es que hemos de triunfar a través del fracaso”. (LD xxviii 91.196; xxx142)