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EL LENGUAJE DE LA VERDAD (Dom. 21)
Lunes 27 Ago 2018 | 23:19 pm
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Después del discurso del Pan de Vida, que hemos venido leyendo los últimos cuatro domingos, la escena final es la de hoy. Muchos dijeron: "¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?...Y muchos de sus discípulos se alejaron de Jesús y dejaron de acompañarlo". Fue el rechazo de los que ya le seguían. Es una de las escenas más tremendas del evangelio.

Pero no es que fuese "duro" el lenguaje de Cristo, sino "duros" los corazones de quienes le escuchaban.
Y esto lo dice el mismo evangelio: "Se cumple en ellos la profecía de Isaías:
Por más que oigan no comprenderán, por más que vean, no conocerán; porque el corazón de este pueblo se ha endurecido" (Mt 13,14-15).

Después de esta polémica por el sermón del Pan de vida, siguen otras en el evangelio de Juan, donde queda claro cuál es la razón de ese endurecimiento. Jesús les dice:
"¿Por qué no comprenden mi lenguaje?
Es porque no pueden escuchar mi palabra. Ustedes tienen por padre al demonio y quieren cumplir sus deseos. Desde el comienzo él fue homicida y no tiene que ver con la Verdad, porque no hay verdad en él.
Cuando miente, habla conforme a lo que es, porque es mentiroso y padre de la mentira
" (Jn 8, 43-44).
Esta es la razón. Jesús es la Verdad y el mundo está envuelto por el demonio en la mentira, y resiste a la Verdad diciendo que es "dura".
El médico le dice la verdad al paciente por muy dura que parezca, para salvarlo de la muerte corporal.
Jesús vino a salvarnos de la muerte eterna. ¿Qué se podía esperar que dijera?

Hoy asistimos a un rechazo creciente de la Verdad.
Avanza, incluso entre católicos, la confusión, que es una de las hijas de la mentira.
Aumenta la lista de cuestiones en las que las opiniones contradictorias se multiplican.
La más reciente aquí ha sido la del aborto, pero vino precedida del divorcio, la anticoncepción, las relaciones prematrimoniales, la homosexualidad, etc., todas cuestiones que afectan al matrimonio y la familia, es decir, a la verdad sobre la obra creadora de Dios.

Y encontramos personas, incluso jóvenes, que responden a las enseñanzas de la Iglesia igual que en el evangelio de hoy a Jesús: "¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?"
Y también se alejan. Pero lo más asombroso es que, no sólo laicos, sino algunos obispos y sacerdotes que aparecen en distintas partes del mundo juzgan duro el lenguaje del Magisterio de la Iglesia, causando más confusión y división.
La causa, en el fondo, es una postura equivocada ante el mundo.

Lo que en los años 60 se comenzó a llamar "apertura al mundo", y que al principio se entendía como un proceso de evangelización, terminó siendo un proceso inverso, una secularización del catolicismo, es decir, una identificación cada vez más grande con los criterios del mundo.

Así es como se optó por un discurso agradable, no directo, de medias verdades, de ambigüedades, sin llamar a las cosas por su nombre.
Esta revolución lingüística inmensa se va alejando del lenguaje del evangelio y de la enseñanza de dos mil años de Iglesia.
Las consecuencias son graves, porque palabra y pensamiento van juntos, como ya advirtieron los antiguos griegos al llamar "logos" a ambas cosas.
Por tanto, si se modifica el modo de hablar se modifica el modo de pensar.

Si para muchos, la opción pastoral ha venido a ser una adaptación al lenguaje y al pensamiento del mundo actual, la situación es más grave aún, porque es el relativismo que rige tanto el lenguaje como el pensamiento actual, a tal punto que cualquier afirmación clara es calificada inmediatamente como fundamentalista, intolerante o discriminadora.

Es decir, "lenguaje duro". Ablandarlo es simplemente borrar la diferencia entre bien y mal, entre verdad y error. Todo pasa a ser dialéctico, es decir dialoguista, cuestión de puntos de vista.
Lo cual no es ni más ni menos que abandonar el lenguaje de la fe y de la moral católica. Es decir, un cuadro de apostasía.

Volviendo al evangelio de hoy, a los pastores que así actúan les preguntaría Jesús como a los Doce apóstoles: "¿También ustedes quieren irse?"

Esperemos que no. Roguemos para que la respuesta sea siempre la de Pedro: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna".
¿Y si son palabras de "vida eterna", por qué otras se la podría cambiar?
Jesús vino a salvar al mundo, no a pedirle opinión de cómo deba salvarse. Tampoco a preguntarle qué lenguaje quisiera escuchar.
Y cuando vio que algunos se iban no fue detrás para ofrecerles otro discurso modificado del Pan de Vida, menos "duro".

Esto enseña que la cuestión no es tanto la "apertura al mundo" por parte de la Iglesia, sino la "apertura del mundo" a la Palabra eterna de Dios revelada plenamente en Jesucristo. Y por tanto, no es sólo una cuestión de "diálogo", sino fundamentalmente de "anuncio".
Repetimos: no es que sea "duro" el lenguaje de Cristo, sino "duros" los corazones de quienes le escuchan.

Estos son los que deben ablandarse para aceptar a Jesús y no ablandar lo que enseñó Jesús para que sea aceptado por ellos.
La Iglesia, que es Madre, nunca lo ha hecho, a pesar de las presiones internas y externas que ha sufrido siempre.

El mismo Pedro que vemos hoy en el evangelio, cuando después de Pentecostés fue llevado ante el Sanedrín, les dijo sobre Jesús: "En ningún otro hay salvación, ni existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos salvarnos".

No era un lenguaje indirecto, ambiguo, o adaptado a las circunstancias para quedar bien con el auditorio, que había juzgado y condenado a Jesús un par de meses antes por afirmar esto mismo.

Pero el relato dice: "los miembros del Sanedrín estaban asombrados de la seguridad con que Pedro y Juan hablaban, a pesar de ser personas poco instruidas y sin cultura". (Hechos 4, 12-13). Esta "seguridad" es la que necesita el mundo actual.

Así comenzó la historia de la Iglesia, y así va a terminar. Siempre habrá, hasta el fin, quienes den testimonio de la Verdad, incluso a riesgo del martirio.
Los primeros cristianos no contestaban en los tribunales romanos con ambigüedades.
El cristianismo nunca ha sido una religión de cobardes o pusilánimes.

No tuvo miedo, en ninguna época, de decir la Verdad, por muy "dura" que pudiese parecer a los oídos de muchos.
La única respuesta a la crisis de fe del mundo actual, e incluso a esa mundanización en el interior de la Iglesia, es precisamente la proclamación clara y gozosa de la fe verdadera, como la de Pedro hoy mientras muchos se iban, y luego ante el Sanedrín, y finalmente ante el poder pagano de Roma, donde fue crucificado.

Allí habrá recordado más que nunca haberse quedado con Jesús cuando le preguntó si "también" quería irse, y habrá recordado aquella otra triple pregunta: "Simón, ¿me amas más que estos?", después de lo cual le dijo por última vez "Sígueme" (Jn 21,15-19).

Y en verdad que lo siguió, porque su prédica para cumplir con el mandato de Jesús de "confirmar a sus hermanos en la fe" (Lc 21,31), terminó con el testimonio silencioso de la cruz.

Su lenguaje no era "duro", sino "dura" la reacción del mundo. El diablo nos ha asustado siempre con esto.

Aunque hoy tiene un plan más sutil: nos pide aflojar con el argumento de que va a ser más aceptable para el mundo.
Pero es una trampa. "Ablandar" el lenguaje no servirá, porque el mundo nos despreciará, ya que en el fondo, aunque no esté de acuerdo, lo que espera de la Iglesia es la verdad, no el disimulo.


Mns. F. C.