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PERMANECER EN JESÚS (Dom. 20)
Sabado 25 Ago 2018 | 11:05 am
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Sigue el Sermón del Pan de Vida en la sinagoga de Cafarnaúm.
Jesús, afirma que se trata de comer su carne y beber su sangre, y nos dice a continuación cuál es el resultado: "tendrán Vida en ustedes".
Y agrega: "el que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna y Yo lo resucitaré en el último día".

No anda con vueltas para explicar esto.
Es directo. Está ofreciendo aquello que vino a hacer al mundo: redimirnos de la muerte que proviene del pecado, resucitarnos a la Vida eterna.
Por eso la Iglesia celebra cada domingo, el día de Su resurrección y el anticipo de la nuestra.

A eso hemos venido hoy, como siempre. "Esto es vida", como dice alguien que se siente feliz por algo que hace con gusto, o está en un lugar agradable, o descansa, pero se aplica aquí de modo superlativo, porque se trata de veras de la Vida que no tiene fin, de la Vida divina a la que Jesús nos invita.

¿Qué más podemos pedir en nuestra actual condición terrena?
Jesús viene y nos dice: "como Yo vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí".

Pero dice algo más en el evangelio de hoy, una palabra muy significativa que ayuda a comprender aún mejor ese resultado vital de la comunión: "El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él."

"Permanecer" es una expresión que aparece muchas veces en la Biblia.
Se aplica en primer lugar a Dios, que "permanece" siempre fiel a su Palabra, a sus promesas, es firme, es constante: "Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura siempre" (Sal 117,2): "La hierba se seca, la flor se marchita, pero la Palabra de nuestro Dios permanece para siempre" (Is 40,8).

Este "permanecer" de Dios se ha hecho patente en Jesús, que "permanece para siempre" (Heb 7,24).

Pero es en el evangelio de San Juan donde aparece 40 veces la palabra.

Primero para afirmar la permanencia de Jesús en el Padre, como dice el texto de hoy.
En segundo lugar para expresar la íntima comunión entre Cristo y nosotros, como dice en la parábola de la vid: "Permanezcan en mí, como Yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no poder dar fruto sino permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en Mí". Y sigue diciendo: "Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán".
Y agrega: "Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos permanecerán en mi amor, y como Yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor" (Jn 15, 4.7.9).
En las cartas de San Juan volvemos a encontrar la expresión: "Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios" (1 Jn 4, 15). "Todo el que se aventura más allá de la doctrina de Cristo y no permanece en ella, no está unido a Dios" (2 Jn 9).
Entonces, "permanecer en Él", significa "permanecer en su Palabra", "permanecer en su amor", "permanecer en su doctrina", y entonces "daremos fruto", y "obtendremos lo que pedimos".

Ahora bien, si esto es así, el significado de "permanecer en Él", no es sólo "estar con Él" sino "ser en Él", como también dice San Juan: "El que dice que permanece en Él, debe proceder como Él" (1 Jn 2,6).

Pero esto sólo es posible si nos dejamos mantener en Él, si dejamos que Él nos transforme totalmente.
Y entonces también podremos vivir cristianamente en el mundo, como nos dice también San Juan: "El mundo pasa, y con él sus deseos. En cambio, el que cumple la voluntad de Dios permanece eternamente".
Es decir: el mundo es lo no permanente, lo inestable, lo cambiante, pero nosotros debemos vivir a fondo lo que es permanente, y ser testigos de ello.

San Juan lo dice así: "Permanezcan fieles a lo que oyeron desde el principio, de esa manera, permanecerán también en el Hijo y en el Padre.
Esto es lo que quería escribirles acerca de los que intentan engañarlos. Pero la unción que recibieron de Él (se refiere al Espíritu Santo] permanece en ustedes, y no necesitan que nadie les enseñe…
Sí, permanezcan en Él, hijos míos, para que cuando Él se manifieste tengamos plena confianza, y no sintamos vergüenza ante Él en el Día de su Venida". (1 Jn 24-28).
Permanecer en Jesús tiene que ser hoy la consigna principal en medio de lo que ocurre en nuestro país, en el mundo, y en la Iglesia.

Este "permanecer" en Cristo Jesús es lo que ocurre al recibirlo en la Eucaristía, según nos dice hoy en el evangelio: "El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él."
A eso hemos venido aquí.
Pero además de la Santa Misa, hay otra forma de acercarse al Señor y "permanecer" en Él, con Él, junto a Él. Es la Adoración Eucarística.

Hagamos algunas consideraciones sobre esta forma de "permanecer"

Es el mismo Jesús que lo pidió en el Huerto al comenzar su pasión: "Simón, ¿duermes? Ni una hora has podido velar.
Velad y orad para no caer en tentación" (Mc 14, 37).
Nuevamente es San Juan quien lo dice claramente: "El que permanece en Él, no peca" (1 Jn 3,6).
Como mínimo, reduce nuestra predisposición, tendencia, o impulsos favorables a las tentaciones.
Es como poner un tuberculoso al aire seco y al sol.
El virus del pecado no puede vivir frente a la Luz de Cristo.
Es la hora de la verdad. A solas con Jesús, nos vemos como Jesús nos ve y nos juzga, no como nos ve y juzga la gente, que no importa. "El hombre ve las apariencias, pero Dios mira el corazón" (1 Samuel 16,7).
Y entonces, nuestros pecados no aparecen como debilidades o fracasos humanos sino en referencia a la cruz de Cristo.

Pero además, permanecer con Jesús en adoración es un tiempo exclusivo, gastado en la Presencia del Señor, de modo tal que el resto del tiempo, en el trabajo, en el hogar, en el estudio, etc. queda impregnado de esa Presencia.
Produce en nosotros un equilibrio entre lo espiritual y lo práctico, entre la contemplación y la acción.
Cura el híperactivismo. La agitación y el ruido se reemplazan por la calma y el silencio.
Esa permanencia nos hace ver que no depende todo de nosotros sino también de Él.
Se restaura nuestro corazón. La pequeñez del Señor en la Eucaristía nos hace humildes. Abaja nuestras pretensiones.

Por otra parte, las resoluciones y propósitos que puedan hacerse encuentran más fundamento y fuerza para llevarlos a cabo. Nos hacemos más dóciles como instrumentos de Su voluntad.
Es un tiempo de entrega. Hay que volar donde nuestra "vida está escondida…con Cristo en Dios" (Col 3,3).

En definitiva, es una "permanencia" con y en Jesús resucitado.
Nos hace pensar en las últimas realidades y ver todo lo demás en esa perspectiva de eternidad. "Permanecer una hora con el Señor" de modo exclusivo es un tiempo que nos introduce de modo misterioso en el ámbito eterno.
Es como "entrar por la puerta estrecha", pero luego todo se amplía.

Finalmente, nos prepara para desear recibirlo realmente en la comunión eucarística, para que esa permanencia se haga plena, como hoy nos promete en el evangelio: "El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él."
Aumenta nuestra fe y esperanza de que esto ocurra por toda la eternidad.

En esta iglesia nuestra los esperamos para la Adoración todos los jueves, después de la misa vespertina. Una "Hora Santa" permaneciendo a los pies de Jesús.