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LA BATALLA POR LA SALUD (Dom. 19)
Lunes 13 Ago 2018 | 11:19 am
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¡Al gran pueblo argentino, salud! Así comenzó y terminó el mensaje de un obispo uruguayo, que muchos hemos escuchado en los celulares.
Agradece desde nuestro país hermano, donde impera la ley de aborto. Y no podía ser más feliz recordarnos el verso del Himno Nacional.
Porque la palabra "salud" expresa allí, precisamente, un "saludo", que incluye, como en todo brindis, el deseo de la salud como opuesto a la enfermedad. Y así es. Nos hemos librado (por ahora) de la enfermedad del aborto legal. Pero además, "salud" recuerda también el argumento principal del proyecto de ley abortista: se trata de una cuestión de salud. Pero contradice al más elemental sentido común decir que el aborto, es decir matar un ser humano, sea saludable. Por el contrario, verdadera salud sería evitar el aborto, y evitar una ley que lo garantice. Y esto es lo que ha ocurrido. Y por eso nada más oportuno que cantar con entusiasmo patrio ¡Al gran pueblo argentino, salud! Y lo de "gran pueblo", aunque en muchos aspectos parece exagerado, con esto que ha ocurrido no lo es. Puede incluso trascender las fronteras y convertirse en un ejemplo, como dice también el obispo uruguayo. En un mundo que parece querer suicidarse con este tipo de políticas antinatalistas, no es poca cosa este rechazo argentino. Tanto más cuanto que no ha sido solo un triunfo de votos en el senado, sino que representa el sentir de una parte proporcionalmente más elevada de la sociedad. Por todo esto estamos celebrando esta misa de acción de gracias.

El debate fue instalado por el gobierno de modo autoritario e imprevisto. Nadie había pedido ni esperado semejante cosa, absolutamente innecesaria. Pero provocó la inmediata respuesta del laicado católico, como no se había visto en décadas, mayor aún por la participación activa de miles de jóvenes. Y son laicos también los que votaron NO en el senado. Pero la batalla continúa, ya que el presidente anunció al día siguiente que este debate "no ha terminado", y envió al Congreso un proyecto de despenalización del aborto en el mismo código penal. Llama la atención la insistencia inmediata con el asunto, pero muestra que sigue respondiendo a los requisitos antinatalistas de las organizaciones internacionales para lograr el apoyo económico. Como sea, despenalizar un delito significa que ya no hay tal y que queda impune quien lo comete.

Pero la mentalidad antinatalista y abortista no está instalada solamente en el mundo de la política y de cierta jurisprudencia. Se trata de una infiltración cultural anticristiana y atea que viene impregnando el modo de pensar y de vivir, especialmente en occidente. Es una ceguera progresiva que apartándose de la Luz que viene de Dios va oscureciendo paulatinamente todo lo que tiene que ver con la vida del ser humano. Esta ceguera espiritual, que es a la vez intelectual y moral, es la que hemos visto y escuchado expresarse en este debate. Es una ceguera intelectual, es decir, obnubila la razón. El abortismo no tiene fundamento racional alguno, y la prueba está en que sus adherentes no quieren aceptar ni siquiera las conclusiones de la ciencia biológica, ni de la ciencia jurídica. Van contra todo lo establecido por la naturaleza y la ley natural. Y es una ceguera moral, porque responde a conductas inmorales ya existentes, y la prueba está en que el argumento abortista es, sencillamente, que se hacen abortos. Es lo que se llama "moral de situación", que quita toda objetividad a la calificación moral de los actos humanos. No es sólo una ceguera intelectual y racional sino moral y voluntaria: "no hay peor ciego que el que no quiere ver".

Esta es la causa de que haya sido un debate que no admite consensos, porque se trata de posturas no sólo opuestas sino contradictorias: vida o muerte, razón o sinrazón. Y en definitiva, Dios sí o Dios no, porque Él es la Vida y la "fuente de toda Razón y justicia", como todavía dice el preámbulo de la Constitución. En este sentido, algunos se han sacado la careta, y se han expresado, sino contra Dios directamente, al menos contra lo que le representa en este mundo. Acusan a la Iglesia católica. No deja de ser notable que no hayan dicho nada de la manifestación multitudinaria de las iglesias evangelistas.

Y esta actitud ha sido más explícita fuera del senado, porque se han hecho virales, aunque ya existían con menor publicidad, los llamados "Formularios de solicitud de apostasía", con una "carta modelo para apostatar", indicaciones de los "pasos a seguir", y el "trámite para salirse de la Iglesia Católica", con un "Listado de Arquidiócesis, Diócesis y Prelaturas de la República Argentina y sus zonas de cobertura". Había mesas en la calle para inscribirse durante el debate, en la misma esquina del Congreso. Y todo esto está en internet. Pretenden que los borremos de las actas bautismales. La ceguera es total: la Iglesia no es un club o un partido político, ni el bautismo es un trámite de inscripción que se puede dar de baja. ¿No muestra todo esto cuál es la raíz de fondo? El aborto es la ocasión visible. Los creyentes sabemos bien de quién viene esta iniciativa destructora y cómo se difunde. Esta es la batalla que no termina.

Veamos el evangelio de hoy. Sigue en el evangelio el sermón del Pan de Vida, que comenzó el domingo pasado, y va a continuar en los próximos dos domingos. Después de la afirmación de Jesús "Yo soy el Pan de Vida", "el Pan bajado del cielo", los judíos comienzan a murmurar. Les parece una enormidad decir esto. "Nosotros conocemos a su padre y a su madre". No sabían nada acerca de la verdadera identidad de Jesús: que José era sólo su padre legal y María su madre real que lo había concebido virginalmente, que Jesús era el Hijo eterno del Padre eterno, hecho hombre, que era el Verbo hecho carne. Veían solo su humanidad, no su divinidad. ¿Cómo alguien de la tierra podía decir que venía del cielo?

Pero Jesús no les dice cómo es que Él ha venido del cielo, sino cómo ellos han de "venir a Él": "Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió". Se refiere a la atracción de las almas por la gracia. Por eso dice también: "Todos serán instruidos por Dios". Por supuesto, esta atracción no es una fuerza que anule nuestra libertad. Atrae nuestras almas irresistiblemente, pero de un modo tan maravilloso que vamos a Él también libremente. Por eso dice Jesús: "Todo el que oye a mi Padre y recibe su enseñanza, viene a Mí". Somos atraídos si en nuestros corazones hay un hambre de Dios. Dice San Agustín comentando este evangelio: "Dame un corazón que desee y que tenga hambre; dame un corazón que se mire como desterrado, y que tenga sed, y que suspire por la fuente de la patria eterna…Mas si hablo con un corazón que está del todo helado, este tal no comprenderá mi lenguaje. Como éste eran los que entre sí murmuraban"…¿No eres atraído aún? No ceses de orar para que logres ser atraído". (In evang. Io, 26, 1-5).

Esto es exactamente lo que les pasa a quienes escuchamos y vemos hoy afirmar ciegamente cosas como el aborto legal. Y se pone de manifiesto de modo total con los que quieren apostatar. Esta es la brecha tremenda, diabólica. Y por eso el debate parece un diálogo de sordos. Como dice San Agustín: "si hablo con un corazón que está del todo helado, este tal no comprenderá mi lenguaje". Esto es lo que enfrentamos. Los que tenemos fe en Cristo vemos con claridad la cuestión, e incluso podemos comprender los fundamentos naturales, racionales, biológicos y legales. Los corazones que han decidido apartarse de la fe, no comprenderán ni siquiera estas razones de orden natural. Por supuesto, y ya no es sólo un debate, nuestro deber es seguir tratando de convertir esos corazones helados, atraerlos a la Verdad, mostrar al ciego la Luz. Esta es la batalla de fondo, como dice San Pablo: "Pelea el buen combate de la fe" (1 Tim, 6,12).

Que esta batalla continúe no debe asombrarnos ni mucho menos hacernos temer. Es lo que Jesús pronosticó a los apóstoles y está revelado como una realidad que va a durar hasta el fin de los tiempos. Es la única y verdadera batalla, con distintos nombres, situaciones y motivaciones.
Es la batalla por la "verdadera Salud", no sólo terrenal sino eterna. La victoria final es del Señor, y la nuestra también. No apostatar es la consigna. Y entonces sí, podremos seguir cantando ¡Al gran pueblo argentino, salud!