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DOMINGO XVII (B) 2015 - PAN Y VIDA
Martes 31 Jul 2018 | 10:36 am
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El relato del evangelio ubica la escena de la multiplicación de los panes a orillas del mar de Galilea. El lugar fue recordado para siempre. Se llama Tabga, y se han descubierto en las excavaciones iglesias del siglo IV y V. Debajo del altar de la iglesia actual está la roca sobre la cual, según la tradición, Jesús hizo el milagro, y delante está en el piso el mosaico más famoso de Tierra Santa, del siglo VI, que muestra una canasta con cinco panes y a ambos lados un pescado. Aquí ha habido, desde los primeros siglos, un culto ininterrumpido en memoria de este milagro. ¿Cuál fue su significado?
Tiene una primera interpretación directa que fue alimentar a aquella multitud en un lugar lejano a los pueblos más cercanos y a una hora ya tardía. Muestra la compasión de Jesús y también su poder sobrehumano, divino. Nos habla también de la sobreabundancia de bienes que Dios derrama sobre el mundo: al final se recoge incluso lo que sobra. Pero el mismo San Juan al relatar el milagro nos hace ver una segunda interpretación que tiene que ver con otro alimento, que trasciende el pan material: tiene que ver con la Eucaristía. Los gestos de Jesús: “tomó los panes, dios gracias y los distribuyó a los que estaban sentados”, remiten a los mismos gestos de la Última Cena. El domingo que viene quedará claro, porque luego del milagro Jesús predica el famoso Sermón diciendo “Yo soy el Pan de Vida”.
Todo esto es hoy más actual que nunca. Se ha acentuado en el mundo la preocupación por los recursos naturales y la alimentación de la población mundial. Nadie duda de la importancia del problema, y la Iglesia, nacida sobre aquellos doce apóstoles, ha mostrado durante veinte siglos una acción permanente poniendo en práctica en todas partes una de las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento. Pero en el siglo XX apareció a la vez el error de otorgar a esta tarea un valor prioritario, a veces exclusivo, olvidando o postergando la misión de la Iglesia de llevar a Cristo, Pan de Vida, a todos los hombres. De hecho, algunos sacerdotes se dedicaron a ser meros agentes sociales. Se escucha interpretar todavía hoy el milagro de la multiplicación de los panes, exigiendo a la Iglesia resolver el problema del hambre en el mundo, y olvidando o postergando los recursos sobrenaturales que sacian el hambre de Dios.
En una famosa meditación de cuaresma de 1997, el entonces Cardenal Ratzinger, reflexionó sobre las tres tentaciones Cristo en el desierto, y decía que “el núcleo de toda tentación consiste en prescindir de Dios, que al lado de todas las cosas urgentes de nuestra vida parece una cuestión de segundo orden”. La primera tentación del diablo frente al hambre de Jesús, fue decirle: “Si eres el Hijo de Dios, di a estas piedras que se conviertan en pan”. Y se pregunta “¿No debería ser precisamente el hecho de dar pan al hombre y acabar con el hambre de todos el primer signo de reconocimiento del redentor ante el mundo y para el mundo?... ¿No se debe decir lo mismo a la Iglesia: si quieres ser la Iglesia de Dios, entonces preocúpate ante todo del pan para el mundo, pues lo demás vendrá en segundo término? Jesús rechazó aquella tentación del diablo, pero hace después el milagro de la multiplicación. ¿Por qué? Porque “la gente había acudido para oír la palabra de Dios y por eso había olvidado todo lo demás” y entonces “pueden recibir el pan de modo justo”…Jesús no es indiferente ante el hambre de los hombres, ante sus necesidades materiales, pero las sitúa en el contexto correcto y les da el orden correcto…Así comprendemos las palabras de Jesús [al demonio] "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios"….La ayuda al desarrollo por parte de Occidente basada en principios puramente técnicos y materiales, que no sólo ha dejado de lado a Dios sino que ha alejado a los hombres de Dios con el orgullo de su presunción, es lo que ha hecho que el tercer mundo sea precisamente el Tercer Mundo en el sentido actual. Ha quitado las estructuras religiosas, morales y sociales que existían y ha introducido su mentalidad tecnicista en el vacío. Creía que podía transformar las piedras en pan, pero ha dado piedras en vez de pan. Debemos reconocer nuevamente el primado de Dios y de su Palabra”.
Esta es la respuesta al planteo que hacen las organizaciones internacionales sobre la alimentación de la población mundial, y es la misma que responde a la solución que estas organizaciones quieren dar al problema: la política educativa, a veces a la fuerza, de la anticoncepción y el aborto. Porque tanto el análisis poblacional como la solución antinatalista provienen del rechazo al primado de Dios y de su Palabra. Esto surge, precisamente, en los países donde está la mayor concentración de bienes y riqueza, donde sobra el pan, y se dirige, precisamente, a los pueblos pobres. La paradoja es que no pueden frenar la natalidad en los pueblos pobres y, en cambio, la han frenado en los pueblos opulentos de modo irreversible. La paradoja es que los que carecen más del pan material son los que no carecen de hijos, y los que les sobra el pan no tienen ya hijos para dárselo.
Así ocurre aquí también, donde la campaña abortista fracasa en las villas suburbanas y en el interior del país, triunfando en las grandes ciudades. Los hijos son la riqueza del pobre y el estorbo de la vida opulenta. Aquellos que sufren las carencias materiales, son los que buscan el alimento sobrenatural y el don divino de la vida, con mayor fuerza que los satisfechos. Unos esperan, y los otros no, en la Providencia divina. Porque la misma Palabra de Dios encarnada en Jesús que multiplicó los panes, es la que dijo al comienzo de la creación: “creced y multiplicaos”. Él multiplica y suma al infinito; somos nosotros los que dividimos y restamos.
Se entiende que los ideólogos que hablan del crecimiento poblacional, la alimentación, la salud, y el progreso, digan todo el tiempo que en estas cosas no hay que meter la religión, porque son ideologías profundamente ateas. Lo que no se entiende tanto es que entre los que estamos de parte de Dios, haya quienes omitan toda referencia a lo religioso, para parecer más dialoguistas. El papa Benedicto XVI en su célebre discurso en el Parlamento inglés dijo: “La religión no es un problema que los legisladores deban solucionar, sino una contribución vital al debate nacional. Desde este punto de vista, no puedo menos que manifestar mi preocupación por la creciente marginación de la religión, especialmente del cristianismo, en algunas partes, incluso en naciones que otorgan un gran énfasis a la tolerancia”. En Argentina no se puede admitir que las leyes terminen por contradecir lo que el mismo preámbulo de la Constitución afirma: que Dios es la fuente de toda razón y justicia. No podemos omitir o disimular la religión. Es el mismo error de aquellos que convirtieron su sacerdocio en pura acción social. La paradoja es que la insistencia en Dios vino, y viene, de parte de las ovejas carenciadas, convencidas de que aún el pan material proviene de Dios. Lo mismo dicen hoy: la vida engendrada proviene de Dios. ¿En base a qué principios se puede por ley decir y decidir lo contrario?
Así como se logró separar el pan terrenal del celestial, también se intenta separar la vida terrenal de la celestial. Es siempre la misma manía de separar lo que Dios ha unido, al rechazar el origen divino de todas las cosas. Pero la Providencia divina que no abandona a sus criaturas es la que provee ambos panes y ambas vidas. El mismo Jesús que hace el milagro de la multiplicación de los panes y luego el de la Eucaristía, es el que da primero la vida terrena y luego la eterna. Los que abortan la primera abortan la segunda. Sin buscar el Pan celestial no encontraremos suficiente pan terrenal, y sin buscar la Vida celestial no podremos valorar la terrenal. Pan y Vida son inseparables tanto en el orden natural como en el orden sobrenatural. Sentados en el césped en torno a Jesús recibimos ambas cosas. Él mismo nos lo dirá el próximo domingo, en vísperas de la famosa elección: Yo Soy el Pan y la Vida.

P. Fernando