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EL PAN, LA VIDA Y LA BATALLA FINAL (Dom. 18)
Martes 7 Ago 2018 | 16:43 pm
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Continúa la escena del domingo pasado. Jesús acaba de hacer el milagro de la multiplicación de los panes.
Ahora se abre el gran Sermón del Pan de Vida, el "otro Pan".
La gente lo busca, pero Jesús les descubre el corazón: "no me buscan porque vieron signos sino porque han comido pan hasta saciarse".
Les reprocha la falta de fe para comprender el sentido del milagro, quedándose solo con el resultado material del mismo.
Porque solo ven lo que tiene que ver con este mundo: el pan material, el hambre de ese pan y la vida terrena que alimenta.
Jesús quiere abrirles los ojos de la fe para que sientan hambre del pan espiritual que alimenta la vida eterna.
En esto sobrepasa el milagro de Moisés en el desierto que hoy se lee, porque Jesús hizo el milagro como signo del milagro definitivo de la Eucaristía.
¿Por qué no pensamos que esta vida terrenal se nos da como signo de la vida eterna, y el pan material como signo del espiritual, y el hambre del pan terreno como signo del pan de eternidad?
Este mundo no tiene explicación ni sentido por sí mismo, sino porque es signo del cielo. Por tanto, todo aquí tiene una dimensión de eternidad.
Hasta el trabajo mismo: por eso Jesús dice hoy: "Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les daré Yo".
Todo tiene esa doble dimensión temporal y eterna, terrenal y celestial. Cuando lo olvidamos quedamos mutilados.
Y es la fe que permite ver esa doble dimensión de la realidad, una visible y otra invisible.
Por eso, a la pregunta de la gente: "¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?" Jesús les contesta: "La obra de Dios es que crean en Aquel que Él ha enviado", es decir, 'que crean en Mí'.
Lo primero que 'hay que hacer' es 'creer...en Jesús'. Llama la atención que le pregunten qué signos hace para que crean en El, porque acababa de hacer el milagro de la multiplicación de los panes.
Pero es precisamente la falta de fe que no les permite interpretar el hecho como signo de una realidad sobrenatural, sino ver solamente la solución inmediata a un problema actual. Pero Jesús quiere ayudarles a comprender que lo que importa no es tanto el pan que han comido sino que El mismo esté allí para dárselo.
Quiere que miren a su Persona, que es el verdadero Pan, y los incita a tener hambre de ese Pan, es decir, hambre de Dios. Y pide que crean en El para saciar esa hambre. Y deberíamos decir las dos hambres.
Porque no podemos pensar que si nos quiere dar el pan de la vida eterna no quiera darnos también el pan de este mundo.
El que puede lo más puede lo menos. Ambos panes brotan de sus manos: el pan de la creación y el pan de la redención.
Así es la Providencia. Por eso cuando Jesús en el Padre Nuestro nos ha enseña a pedir "danos hoy el pan de cada día", habla de los dos panes: el de la mesa y el de la Misa.
Claro está, que cuando no hay fe, ni se ve que el pan de este mundo sea obra de Dios ni se espera ningún otro Pan.
Lo tremendo es que mientras se ha perdido el hambre de ese otro Pan, el hambre del pan material no queda saciada.
Y entonces comienza el trabajo frenético del hombre que sólo confía en sí mismo para su subsistencia.
Trabaja de sol a sol por el alimento perecedero, pero a Misa ya no va. ¿Para qué?
Y así es la realidad de nuestro país: el 94% de la población no va a Misa. Eso sí, crece cada vez más el hambre de poder, el hambre de tener, y el hambre de placer. Y como son hambres enfermizas, como la droga, cuanto más se consume menos sacia. El hambre seguirá. Y si no se puede consumir lo esperado viene la depresión. Se ha perdido el sentido de la vida. Si no hay hambre de Dios, el ser humano es capaz de comer cualquier cosa, aunque muera por intoxicación. Si no hay vida sobrenatural, la vida natural se desnaturaliza.
El que no hace el ángel hace la bestia, decía Pascal.
No hay lugar intermedio entre el cielo y el infierno.
Y no hay término medio entre el pan de los ángeles y el veneno de los demonios.
Se trata de la vida o de la muerte.
Todo lo dicho hasta aquí respecto al pan se aplica respecto a la vida. Si todo tiene esa doble dimensión temporal y eterna, cuando desaparece la dimensión eterna de la vida humana va desapareciendo irremediablemente su valor temporal y terreno.
Es lo que estamos viendo delante de nuestros ojos con el avance del aborto en todo el mundo. Ahora bien, la Providencia divina no sólo permite que seamos espectadores directos de este drama universal, ahora en la Argentina, sino que espera que seamos protagonistas en el escenario. A la pregunta que, dice el evangelio de hoy, le hacen a Jesús: "¿qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?", Él les respondió: "La obra de Dios es que crean en Aquél que Él ha enviado".
Esto es lo primero que hay que hacer, y es lo que hacemos.
Fijémonos quienes son los que defienden la vida del no nacido con más vigor frente a la amenaza del aborto legal. ¿No son acaso los creyentes cristianos, como ayer en el obelisco?
Qué ejemplo magnífico han dado las iglesias evangélicas
¿Y no han surgido cientos de iniciativas de oración y acción entre los católicos, como no hemos visto en muchos años?
Queda claro a esta altura que es precisamente esto lo que enciende en los abortistas una reacción, incluso violenta, contra la Iglesia.
A su vez pone de manifiesto, como dice San Pablo, que "nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los Principados y Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus de Mal que están en las alturas" (Ef 6, 12).
Convenzámonos que no sólo representamos un sector de ciudadanos, un grupo más o menos numeroso que puede decidir un voto más o un voto menos para evitar esta ley inicua. Aunque postulemos, como corresponde, argumentos científicos, jurídicos y sociológicos que reflejan la ley natural, estamos representando a Cristo en el orden sobrenatural. Y este es el fundamento decisivo que nos enseña, por encima de todo, que aquí no hay nada que negociar, ni consensuar, ni modificar, y que el rechazo a la ley de aborto debe ser total y definitivo.
Por otro lado, sabemos que aunque logremos evitarla, que el Señor nos asista, no podremos evitar, sin embargo, que continúe la lucha, porque el espíritu Maligno y aquellos que lo representan seguirán insistiendo. Por eso Jesús nos enseñó en el Padre Nuestro a pedir: "no nos dejes caer en la tentación". "No nos dejes caer" es ahora, y después, lo que debemos pedir con mayor fuerza. Y no se trata solo de cada uno de nosotros, y de nuestras familias, sino de toda una sociedad que parece derrumbarse.
La situación es grave y el aborto es una de las líneas rojas que señalan un alerta final, como el "Defcon 1" en la guerra nuclear.
Se ha desatado la furia del infierno.
Como nos dice el vidente del Apocalipsis, cuando describe la batalla final: "Vi surgir del mar una Bestia… y el Dragón le dio su poder y su trono y gran autoridad…Le fue dada una boca que profería altanerías y blasfemias…Le fue también permitido hacer guerra a los santos y vencerlos; se le concedió poderío sobre toda raza, pueblo, lengua y nación…El que tenga que ir a la cárcel irá a la cárcel; y el que tenga que morir por la espada, morirá por la espada. Aquí se requiere la paciencia y la fe los santos". (Ap 13, 1-10).
Sí. Aquí y ahora "se requiere la paciencia y la fe de los santos".
Y ninguna de las dos es algo pasivo sino tremendamente activo y valeroso.
Como a todos nuestros antepasados desde Jesús y los apóstoles, se nos concede ser testigos de los últimos tiempos. Hay que resistir. Y tenemos la promesa del Señor: "Se fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida" (Ap 2,10).