Ir a: Lecturas del Día (Página apta para celulares)
Lectura/s, Salmo/s y Evangelio, (Se puede seleccionar el día). También esta disponible la Liturgia de las Horas. (Se puede seleccionar fecha a ver)...
bienaventurados.com.ar
EL ABORTO ES DIABÓLICO
Martes 3 Jul 2018 | 16:36 pm
:
   
DOMINGO XIII (B) 2018
Cada milagro que hizo Jesús, además de mostrar su poder divino, buscó manifestar que había venido a salvarnos. Cada enfermedad curada (ceguera, parálisis, lepra) se refiería a la vez a la enfermedad espiritual del pecado, que Él ha venido a curar. Y en el milagro de esta niña muerta, no sólo la revive para este mundo, sino que manifiesta que quiere resucitarnos de modo definitivo, que ha venido a darnos la Vida con mayúscula, la vida eterna.

Pero ¿a qué llama “vida” la cultura actual del mundo? A la vida biológica de un ser vivo. De este modo, un ser humano sería igual a cualquier otro animal de este mundo. Todo acaba con su muerte. Es una especie entre otras, más evolucionada, pero sólo parte de este universo material. No es así. El ser humano desde su origen ha sido creado por Dios, como dice el Génesis, “a su imagen y semejanza”, algo que no se dice de ninguna otra especie. Es decir: es un ser no sólo material sino espiritual, con un alma inmortal, que se asemeja a Dios. Y Dios lo ha creado para que pueda participar de su misma Vida divina. También la muerte del ser humano aparece como algo distinto a la de los demás seres vivos: no es consecuencia de su naturaleza, sino del pecado de Adán y Eva. Es decir, que la muerte del cuerpo, vino a ser un signo de la muerte del alma, de la separación con Dios. Obviamente, si el hombre rechaza a Dios que es la Vida, no puede tener vida en ningún sentido. En conclusión, tanto la vida como la muerte del ser humano tienen un sentido sobrenatural. De allí viene el empeño de Dios mismo de “salvar” al ser humano de la muerte y darle la vida, no sólo natural sino sobrenatural. Ese es el significado de la resurrección de esta niña, la hija del jefe de la sinagoga de Cafarnaúm.

Pero no sólo la muerte corporal fue consecuencia del pecado original de Adán y Eva, sino que la misma tendencia del pecado produjo el primer homicidio: Caín mató a su hermano Abel. Y aquí, otra vez, no estamos frente a un animal que mata a otro animal. Es un hombre que mata a otro hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. No está matando “algo” sino “alguien”. Y por eso, en los 10 mandamientos, después de los 3 primeros que se refieren a Dios, y del 4to que se refiere al padre y a la madre (que son los cooperadores de Dios en trasmitir la vida humana), el 5to dice: “no matarás”. Y no lo dice en positivo: “respetarás la vida”; lo dice, en negativo: “no matarás”. Es decir, como prohibición absoluta.

La mentalidad contemporánea, tan sensible a la extinción de las especies animales y a la ecología general del planeta, no tiene ya una sensibilidad ni siquiera similar respecto a la destrucción de seres humanos. Más bien, se ha acostumbrado a los genocidios propios de las guerras, y es capaz de hacer campañas anticonceptivas y abortistas apelando a fines supuestamente humanitarios. Como es un panorama oculto, invisible, no conmueve como las escenas de las guerras y matanzas terroristas. No se hacen películas de este crimen oculto y cobarde.

Ahora bien, si es verdad que los seres humanos son creados por Dios en orden a una vida no solo natural sino sobrenatural, cualquier asesinato, desde aquel de Caín hasta hoy, tampoco tiene una causa solo natural. Existe detrás una causa terrible y temible de orden preternatural: ha sido el demonio el instigador. Es él quien, al odiar a Dios odia al ser humano creado por Dios, y busca su aniquilación. En el relato del Génesis es él quien sugiere a Caín el asesinato de Abel. Por eso Jesús lo llama “homicida desde el principio”, y dice a continuación que “no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él…porque es mentiroso y padre de la mentira (Jn 8,44). También hoy es el instigador del aborto, que es un homicidio, y para lograrlo miente a quien lo realiza, y difunde mentiras, que son todos los argumentos falaces que se dicen para justificar este crimen. Y el colmo es que viene logrando en muchos países como el nuestro, que la ley lo permita, como si fuera un derecho humano, un progreso humano. Por supuesto, son leyes inicuas, intrínsecamente injustas, frente a las cuales, San Juan Pablo II, en su encíclica Evangelioum Vitae, dice que “nunca es lícito someterse a ellas” (nro. 73). Insisto en releer esta magnífica encíclica.

Para recordar el antecedente más cercano a este debate diabólico en el que nos han obligado a participar, hace tres años, en 2015, hubo ya un intento imprevisto y solapado llamado “Protocolo para la atención integral de las personas con derecho a la interrupción legal del embarazo”, promulgado por el entonces Ministerio de Salud de la Nación. El Episcopado emitió una “Declaración” con el título “La vida, primer derecho humano”. Hoy ese “protocolo” quiere convertirse en “ley”, y nuevamente el Ministro de Salud es uno de sus promotores. También en 2015 hubo un llamado a los argentinos para una manifestación pública el 2 de julio en el Congreso de la Nación y en todas las Legislaturas del país.

Lo más notable es la velocidad con que ocurren estas cosas, aquí y en el mundo entero. No es sólo un conjunto de acciones humanas, sino un vértigo de locura y maldad que no puede tener otro autor que el “homicida desde el principio” y “padre de la mentira”. Pero entonces, ante un plan sistemático de origen diabólico, no bastan los recursos humanos, no bastan las manifestaciones públicas, ni las firmas de solicitudes, ni los mensajes a los senadores, ni siquiera los comunicados episcopales… ni este sermón que hago ahora. Todo esto está bien, hay que hacerlo y con insistencia; forma parte de la respuesta católica. Pero una batalla contra el demonio exige más: aquí hacen falta exorcismos.
El padre Mancuso, conocido exorcista de la arquidiócesis de La Plata, a quien conocí mucho en aquellos años en que fui rector del seminario allí, dijo esto: “La sangre de los niños abortados abre puertas antiquísimas del Infierno que permanecían cerradas desde el principio del mundo, y de donde salen Demonios que harán grave daño a la humanidad”. Por tanto, hay que recurrir más a la oración y al ayuno, recordando lo que les dijo Jesús a sus apóstoles, que no habían podido expulsar un demonio: “En cuanto a esta clase de demonios, no se los puede expulsar sino por medio de la oración y del ayuno” (Mt 17,21; Mc 9,29). Esto es tan urgente, o más urgente, que todos los medios humanos. No estamos sólo frente a un debate que hay que ganar, sino frente a una campaña diabólica, preternatural.

En este sentido, es hora de invocar también a San Miguel Arcángel, el gran adversario del demonio. En semejante situación como la que vivimos, es necesario recordar a San Juan Pablo II. En 1994 advirtió que la humanidad estaba en grave peligro. Faltaba poco para la Conferencia Internacional sobre población y desarrollo en El Cairo, organizada por las Naciones Unidas, y el papa, en su mensaje durante la oración del Ángelus en la Plaza de San Pedro el domingo 24 de abril, habló de "la mujer vestida de sol", con el dragón a punto de devorar a su hijo recién nacido, una de las visiones del Apocalipsis (12,1-4). Dijo que en nuestro tiempo "todas las amenazas acumuladas a la vida son colocadas ante la Mujer, y nosotros debemos dirigirnos a la “Mujer vestida de sol" para superar todas estas trampas". Es decir, pidió invocar a la Virgen María. Pero además, animó al pueblo católico para que invocara a San Miguel Arcángel, con la oración que el Papa León XIII había compuesto en 1886, después que tener esa visión de la Mujer y el Dragón, y que mandó rezar al terminar cada misa en el mundo entero. El mandato cesó con el Concilio Vaticano II. Pero Juan Pablo II pidió a todos los fieles rezarla nuevamente de modo personal. Consagró ese año 1994 como Año Internacional de la Familia, y al año siguiente, 1995, escribió su admirable Encíclica Evangelium Vitae, El Evangelio de la Vida, que vengo citando estos domingos. Ese mismo año tuvo lugar la Conferencia Mundial sobre la mujer en Pekín, otro evento desastroso de talante feminista que vino a completar la Conferencia en El Cairo.

La misión de Jesús ha sido vencer al demonio, al pecado y a la muerte, con su Cruz y su Resurrección, que es lo que estamos celebrando en la Misa. Libremos junto a Él nuestro “buen combate de la fe”, como lo llama San Pablo, ahora dirigido contra el aborto. Según la vidente de Fátima forma parte de “la última batalla del demonio que será contra la familia”. Es una lucha preternatural que no podemos abandonar. Pero luchemos bien. Ofrezcamos misas, hagamos adoración al Santísimo, como la del próximo primer viernes, recemos a la Mujer “vestida de sol” y recemos nuevamente todos los días esa oración a San Miguel Arcángel:

“San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tu príncipe de la milicia celestial arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén.”